LA PRÁCTICA DE JESÚS

Por P. Pedro Pablo Zamora Andrade

Misionero Redentorista

   Introducción

   Para hacer presente el reino de Dios, Jesús desata una praxis acorde con su anuncio. No sólo va a una región marginada y periférica como es Galilea, sino que allí se aproxima a los marginados por la sociedad (los pobres) y por la religión oficial (los pecadores). Al respecto escribe J. Moingt: «El camino que lleva a Dios ya no es el que va de la tierra al cielo pasando por el templo, sino el camino que Jesús ha tomado para ir a los vencidos de la historia»[1].

   A los vencidos, a los marginados de la historia Jesús los reúne y comienza a decirles: «dichosos vosotros, porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6,20), y, como el proyecto de Dios es vuestro, «os aseguro que reiréis y os saciaréis» (Lc 6,21). Quien habla así no puede ser Dios o un profeta suyo, sino un infeliz de esos que ven visiones. Sin embargo, los vencidos, los marginados de la historia le hicieron caso a su mensaje. Es más: recuperaron la certeza de su dignidad y, con ella, el habla y co­menzaron a decir todo lo que no se ha­bían atrevido a decir. Esto último fue lo que preocu­pó e incomo­dó a los líderes religiosos y a los podero­sos de Israel. Quien pro­ducía tales efectos en el populacho era un hombre peli­groso para el sistema y, por tanto, debía morir.

   Jesús y los pobres[2]

   En la época de Jesús, los pobres eran, en primer lugar, los mendigos. Eran los enfermos e imposi­bi­litados que habían recurrido a la mendicidad porque no les era posible en­con­trar tra­bajo y no tenían un pariente que pudiera o estu­viera dispuesto a man­tenerlos. En esta época no hay hospita­les, seguridad so­cial o instituciones benéficas. De es­te modo, los ciegos, los sordos, los mu­dos, los cojos, los tullidos y los lepro­sos solían ser mendigos.

   Estaban también las viudas y los huérfanos: las mu­jeres y niños que no tenían a nadie que se ocupara de ellos y que, en aquella sociedad, no tenían modo de ga­narse la vida. Tenían que depender de la caridad de las asociaciones piadosas y del tesoro del Templo. Entre los económicamente pobres habría que incluir también los esclavos y los trabajadores temporeros.

   En general, el sufrimiento de los pobres no llegaba a la pobreza extrema y a la inanición, a no ser en épo­ca de guerra o de carestía. Padecían a veces ham­bre y sed, pero raramente morían de hambre. El principal su­frimiento de los pobres, entonces como ahora, era la vergüenza y la ignominia. Como dice el administrador de la parábola: «Mendigar me da vergüenza» (Lc 16,3). Este grupo de los econó­mica­mente pobres, dependía totalmente de la caridad de los demás. A todas estas personas, Je­sús se pone a liberar­las de toda forma de sufri­mien­to y de dolor.

   Aquí es conveniente destacar la actitud de Jesús hacia la mujer en su épo­ca. Frente a una tradi­ción opresora y discrimina­dora, Jesús deja patente una actitud fraterna y reconcilia­dora. Permite que le siga un grupo de muje­res de Galilea (Lc 8,1-3). No obstante, el escánda­lo de los mismos apósto­les, se detiene a conversar con una samaritana hereje (Jn 4,27). En la gran pecadora Magdalena que con sus lágrimas y perfumes le baña los pies no ve en pri­mer lugar a la mujer degene­rada y a la prostituta, sino a una cria­tura humana que debe ser acogida y perdonada en contra de todo el sentido común farisaico y religioso de los Simones de ayer y de hoy (Lc 7,36-50).

   Con la adúltera (Jn 7,53-8,11) se da el encuentro, como dice san Agustín, entre la miseria y la misericordia, triunfando la misericordia porque antes de considerar a la mujer como objeto de sexo ve en ella a la persona caída que puede ser auxiliada y no simplemente juzgada y apedreada. En muchas de sus parábolas entra la mujer como figura principal (Mt 25,1-13) y nunca se la pre­senta dentro de los clisés discriminatorios de la época. Sorprendente es la actitud de Jesús con María. Lo que un rabino ortodoxo jamás lo hubiera hecho lo hace Jesús con toda simplicidad: explicar cuestiones teoló­gicas a una mujer que, como un discípulo, se sienta a los pies del maestro (Lc 10,39).

   En todas estas referencias la mujer aparece como persona, hija de Dios y por ello merecedora de igual respeto y amor que los demás hombres. De las actitudes de Jesús, por tanto, no se deduce una discriminación de la mujer sino su igual­dad y dignidad.

   La compasión y la praxis de misericordia

   El evangelio según Marcos, después del anuncio del reino de Dios como algo inminente (1,15), comien­za a narrar la actividad de Jesús. Marcos no hace una explicación de lo que es el reino, sino que lo presenta íntimamente unido a la persona de Jesús. Sus acciones y sus palabras son el modo concreto a través del cual viene este señorío de Dios.

Hay dos textos que nos ubican en la praxis de Jesús:

   «El espíritu del Señor está sobre mí,

   porque me ha ungido para anunciar a los pobres

   la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar

   la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,

   para dar la libertad a los oprimidos y proclamar

   un año de gracia del Señor» (Is 61,1-2; cf. Lc 4,18-19)[3].

   Jesús respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los lepro­sos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resu­citan y se anuncia a los pobres la Buena Nue­va» (Mt 11,4-5).

   Jesús procedía de la clase media. Su única desventaja en relación con Jeru­sa­lén es que era Galileo. Sin embargo, Jesús se margina voluntariamente en virtud de una opción. El rompe con las convencio­nes sociales de la época. Sabe­mos cómo eran estricta­mente observadas las clases sociales entre ricos y po­bres, pró­jimos y no pró­jimos, sacerdotes del templo y levitas de las pequeñas villas, fariseos, sadu­ceos y fiscales de impuestos.

   Jesús no respeta la división de clases. Habla con todos. Busca contacto con los marginados, los pobres y despreciados. ¿Por qué? «Sentía compasión» (Mc 1,41; 6,34; 8,2; Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,34; Jn 11,33.38; Lc 7,13; 10,33; 15,20; 19,41-42). Es un juicio de la Iglesia apostólica.

   El término «compasión» viene del verbo griego splagjnizomai, derivado del sustantivo splagjnon que significó en la antigüedad las vísceras de los anima­les ofrecidos en sacrificio. Luego se utilizó para significar las vísce­ras del ser humano. El verbo llegó a significar, posteriormente, una conmoción de los mismos órganos. En el sentido más profundo supone dolores físicos. Es un dolor localizado en una parte física. En el documento de los Doce patriarcas esta expe­riencia o conmoción es referida a Yahvé. Según la mentalidad orien­tal, es de las partes internas (vísceras, riñones, entrañas, intestinos) de donde pare­cen surgir las emocio­nes profun­das. Es un movi­miento o impulso que fluye de las propias entrañas, una reac­ción visce­ral. La compasión, en este contex­to, es una res­puesta al sufri­mien­to.

   La compasión genera praxis de misericordia. La parábola del buen samaritano (Lc 10,30-35) sinteti­za la praxis de Jesús en favor de la gente caí­da, marginada en el camino de la vida por las estruc­turas sociales y religiosas de la época. El samaritano «tuvo compasión» (splagjnisthe: 10,33), se acercó al hombre caído, vendó sus heridas, lo colocó sobre su cabalgadura, lo llevó a una posada y pagó sus gastos. Jesús es el buen samaritano, él es el mestizo, el judío heterodoxo, la parábola apócrifa de Dios, que se inclina, como Dios, para levantar al ser humano caído, maltratado, despre­ciado. Jesús se mueve de manera in­mediata a realizar praxis de misericordia por un impulso especial.

   ¿Qué es la misericordia? Es el amor típico de Dios que se inclina para levantar al ser humano caído. El comportamiento de Jesús se asemeja al de su Padre Dios: «El levanta del polvo al desvalido, del estiércol hace subir al pobre» (Sal 113,7; 1 Sam 2,8). Jesús obra divinamente (diosmente) porque obra como Dios. Jesús es la concretiza­ción del amor de Dios que entró en el mundo tocando la carne humana.

   Jesús y los pecadores

   Los pecadores constituían otro grupo de marginados, pero en el campo reli­gioso y, por ende, de la salvación. Todo el que, por alguna razón, se desviaba de la ley y las costumbres tra­di­cionales era considerado como inferior, como semejante a pagano o gentil. Los pe­cadores constituían una clase social perfec­tamen­te de­finida.

   Entre ellos se contaban los que tenían una profesión pecaminosa o impura: las prostitutas, los recaudadores de impuestos, los ladrones, los pastores, los usureros, los jugadores, los médicos, los sastres, los barberos y carnice­ros.

   Los recaudadores de impuestos eran pecadores públi­cos. Eran colaboracionis­tas del imperio y, por tanto, vendidos al sistema imperante, traidores de sus herma­nos de raza. Pero, además, no eran honra­dos y cobraban más de la cuenta. Ser recaudador de impuestos era una manera de enriquecerse con cierta facilidad (Lc 19,2). De un modo parecido se sospechaba sistemáticamente de los pastores porque llevaban a pastar los rebaños a tierras ajenas y substraían parte del producto de dichos reba­ños.

   Al grupo de pecadores pertenecían también los que no pagaban el diezmo a los sacerdotes, así como los que descuidaban el descanso sabático y la pureza ri­tual. Los ignorantes, la gente que no conoce y no practica la ley es conside­rada como «maldita» (Jn 7,49) por el oficialismo religioso judío.

   En la práctica no había solución para el pecador. Teóricamente, la prosti­tuta podía purificarse mediante un complicado proceso de purificación ritual y expiación. Pero esto costaba dinero, y sus mal adquiridas ganancias no podían emplearse para este fin. Su dinero era impuro.

   Con respecto al recaudador de impuestos, se suponía que debía abandonar su profesión y restituir todo lo que había robado, más una quinta parte. Los igno­rantes debían someterse a un largo proceso de formación. Ser pecador, por tan­to, era cuestión de fatalidad.

   Juan el Bautista predicaba a los pecadores. Pero Jesús se identificaba con ellos. Se salió de su camino para mezclarse socialmente con los mendigos, los recaudadores de impuestos y las prostitu­tas.

   En las sociedades en las que existen barreras de clase, de raza o de otro tipo de status asociativo, se intenta mantener la separación mediante un tabú acerca de la mezcolanza social. No se puede com­partir una comida, una fiesta, una celebración o una diversión con gente perteneciente a otro grupo social. En el Oriente Medio, el compartir con alguien la mesa es una forma especial­mente íntima de asociación y de amistad. Ni siquiera por cortesía se come o se bebe con otra persona de una clase o status inferior, o con alguien cuya con­ducta no se aprueba.

   El escándalo que Jesús produjo en aquella sociedad al mezclarse socialmente con los pecadores es algo de lo que apenas podemos hacernos idea en el mundo moderno. Es un hecho histórico cierto que Jesús se mezcló socialmente con los peca­dores. Podemos cons­ta­tarlo en las cuatro tradiciones evangélicas (Mc 2,15; Mt 9,10; 11,19; Lc 5,29; 15,2; Lc 7,34).

   Semejante práctica escandalosa no pudo ser inventada por sus inmediatos seguidores. Podemos suponer mejor que los evangelios han mitigado esta prácti­ca de Jesús. Jesús practicaba lo que se denomina como «comunidad de mesa»:

   «Este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,2).

   «Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos pues eran muchos los que le seguían» (Mc 2,15). 

   «Porque ha venido Juan Bautista que no comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publica­nos y pecadores» (Lc 7,33-34; cf. Mt 11,18-19).

   Estas comidas constituían un rasgo tan propio de la vida de Jesús que pudo dar ocasión a que se le acusara de «comilón» y «borracho». Por mucho que se inten­te, será imposible subestimar el impacto que estas comidas produjeron en los pecadores. Al aceptarlos como amigos e iguales, Jesús les había liberado de su vergüenza, su humillación y su sentido de culpa. Al demostrarles que ellos le importa­ban como personas, les dio oportunidad de recuperar su dignidad per­dida y los liberó de su cautivi­dad.82 Además, dado que Jesús era considerado como un hombre de Dios y un profeta, ellos interpre­tarían su gesto de amistad como signo de que Dios los aceptaba y no los seguía excluyendo de la salvación.

   Parece que Jesús era una persona notablemente alegre, y que su alegría, como su fe y su esperan­za, era contagiosa. De hecho, ésta era la dife­rencia más característica y perceptible entre Jesús y el Bautista. Jesús feste­jaba, mientras que Juan ayunaba (Lc 7,31-34). El hecho de que los discípulos de Jesús no ayunaran atestigua la imposibi­lidad existencial de estar triste en su compañía. El ayuno era signo de tris­teza y pesar. Sencillamente, uno no ayuna mientras se halla en compañía del novio en una boda (Mc 2,18-19).

   ¿Qué busca Jesús con esta cercanía a los pecadores? El pasaje de Zaqueo es iluminador al respecto (Lc 19,1-10). Jesús toma la iniciativa y busca al pecador. Se hace el invitado. Este contacto primero es impor­tante y crea confianza, cercanía. Es el encuentro personal con Jesús el que genera la conver­sión. Al final, Zaqueo se empobrece voluntariamente por decidirse a cambiar de camino.

   La cercanía de Jesús a los pecadores no tiene como fin justificar su situa­ción. Eso sería complici­dad. Jesús busca la conversión del pecador; pero, para ello, se acerca a ellos, quiere hacerles sentir la cercanía, el amor de Dios. Él va en busca de la oveja perdida, en busca de lo que estaba perdido (Lc 19,10). Él es la mano tendida de Dios a todos los pecadores. Jesús es la nueva oportunidad que Dios brinda a los excluidos por el oficialismo religioso judío. El objetivo de Jesús no es volverse uno más del grupo, sino mostrarle al grupo un nuevo camino, una nueva posibilidad, una alternativa posible. Por eso le dice a Zaqueo: «Hoy ha llegado la salva­ción a esta casa» (Lc 18,9) y a la mujer adúltera la despide con esta orden: «Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).


[1] J. Moingt. L’Homme qui venait de Dieu, Paris 1993, 491.

[2] Cf. A. NOLAN, ¿Quién es este hombre? Jesús antes del cristianismo, San­tander 1981, 39-44.

[3] El «año de gracia» hace referencia al año de jubileo propuesto por la legislación mosaica en el libro del Levítico (25,8-10). Durante este año se pide dejar libre al esclavo, dejar retornar al extranjero a su tierra y cancelar las deudas pendientes. Esta legislación, que debía llevarse a cabo cada cincuenta (50) años, no tenía ninguna vigencia en tiempos de Jesús.