LA INFANCIA DE JESÚS SEGÚN SAN MATEO[1]

   Dedica el evangelista bastante inte­rés a clarificar -en la medida de lo posible- los orígenes de su héroe. Todo personaje de relieve se suponía en­tron­cado con nobles ancestros.

Las genealogías

   El interés por los antepasados refleja los orígenes tribales de Israel, donde quien puede probar su identidad como miembro de la tribu tie­ne un pasa­porte de supervivencia: la tribu cuida de sus miem­bros. Además de determinar la identidad, las genealogías bíblicas se emplean a veces para definir el status, especialmente cuando se trata del rey y del sacerdo­te, en los que el linaje cuenta mucho (cf. Esd 2,62-63; Neh 7,64-65).

   Dado este trasfondo, sería extraño que el Nuevo Testamento no nos presen­tara una genealogía de Jesús como medio para explicar su significado. En el Islam hay intentos parecidos de rastrear los antepasados de Mahoma entre vein­tidós y treinta generaciones.

   En Mateo, la genealogía abre el relato sobre Jesús localiza­ción parecida a la secuencia de Génesis 5-9, donde una genea­lo­gía (5,1-32) sirve de introduc­ción al relato de Noé (Gn 6-9). De modo semejante, la genealogía de Génesis 11,10-32 introduce la historia de Abrahán (cap. 12ss).

   En Lucas, la genealogía (3,23-38) se sitúa después del bautismo de Jesús e inmediatamente antes de que comience su ministerio de proclamar el reino, loca­lización parecida a la de la genealogía de las tribus y de Moisés, en Éxodo 6,14-25, que está situada después de la vocación de Moisés e inmedia­ta­mente antes de que comience su misión de liberar de Egipto a las tribus (cap. 7ss).

Finalidad de la genealogía mateana

   Mateo comienza su obra con un título (1,1): «genealogía de Jesu­cristo, hijo de David, hijo de Abrahán» Esta fórmula nos recuerda la utilizada en Génesis 5,1: «Lista de los descendientes de Adán» Pero hay una diferencia impor­tan­te. La ge­nealo­gía de Génesis 5 va desde Adán hasta Noé, porque la genealo­gía de Adán es de descendientes, mientras que la de Jesús es genealogía de sus ante­pasados. En la historia cristiana de la salvación no puede haber genealo­gía de descen­dientes de Jesús porque en él la historia ha llegado a su meta.

   Para Mateo, Jesucristo es «Hijo de David e hijo de Abrahán». Mateo muestra un interés especial en dar a Jesús el título «hijo de David». Juan no lo emplea nunca; Marcos y Lucas, sólo cuatro veces; Mateo lo emplea en un total de diez veces. Según algunos autores, para Mateo el título más importan­te del Jesús histórico es «hijo de Da­vid», mientras que los títulos «Señor» e «Hijo del hom­bre» se refie­ren principalmente al Jesús exaltado o resucitado.

   Esto se comprende teniendo en cuenta la historia de los térmi­nos, porque la filiación divina surge en el pensamiento Israelita en relación con la descen­dencia real davídica. Lo que justificaba las pretensio­nes de la casa de David era la promesa que Dios ha­bía hecho por boca del profeta Natán: Dios susci­tará un hijo a David y afirmaría para siempre el cetro de su reino; Dios sería un padre para ese rey y el rey sería un hijo de Dios (2 Sam 7,8-17). Aquí se trata de una filiación adoptiva: la coronación haría al rey representante de Dios ante su pueblo.

   Por tanto, Mateo está interesado en probar que Jesucristo des­ciende de Da­vid. En reali­dad, no lo consi­gue, por­que en el paso decisivo en vez de decir Jacob engendró a José, José engen­dró a Jesús, inte­rrumpe y afir­ma: «Ja­cob en­gendró a José es­poso de Ma­ría, de la que nació Jesús llama­do Cristo» (1,16). La mujer en la jurispru­dencia judai­ca no cuenta en la determinación genealó­gica. Luego, Jesús, a través de María no puede insertarse en la casa de David.

   Pero para Mateo es evidente que Jesús es hijo de la Virgen María y del Espí­ritu Santo (1,18), Y aquí surge el pro­blema: ¿cómo in­cluir a Jesús, a tra­vés del árbol genealógico mas­culino, dentro de la genealogía davídica, si él no tiene padre humano? Para re­solver tal problema elabora un relato donde José es el centro de atención. El esclarecimiento viene en el versículo 25: José le puso al niño el nombre de Jesús. José, descendiente de David, esposo legal de María, dando el nombre a Jesús, se convierte ju­rídicamente en su padre y de hecho lo incluye en su genealogía davídica. Jesús es el hijo de David a través de José.  

   El tema del hijo de Abrahán es más sutil. Mateo está muy inte­re­sado en jus­tificar la llegada de un gran número de gentiles al cristianismo. En 8,11, al comentar la fe del centurión romano, Mateo recordará el dicho de Jesús: «Vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa de Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios». La designación de Jesús como «hijo de Abrahán» puede indicar que él es de la descenden­cia de Abrahán por quien «todas las naciones de la tierra se ben­decirán» (Gn 12,3; 22,18). Esto se cumplirá en el segundo capí­tu­lo del relato de la infancia, cuando los magos (que se suponen claramen­te genti­les) vienen a rendir homenaje al rey de los ju­díos.

   Esta relación especial de Jesús con David y Abrahán es una idea pre-mateana porque está atestigua­da en las cartas paulinas de los años cincuenta (Rom 1,3; Gal 3,16). Pero, Mateo ha incor­porado ambos temas a la genealogía, res­pectiva­mente, en 1,18-25 (Hijo de David) y 2,1-12 (hijo de Abrahán) para lle­gar a toda su comunidad, compuesta de cristianos procedentes del judaísmo y del paganismo.

   Desde las primeras palabras del evangelio aparecen esos dos segmentos de fieles: Jesús es el heredero de las promesas hechas a David y conservadas en el judaísmo; es también heredero de la amplia promesa de bendiciones que fue hecha a los gentiles a tra­vés de Abrahán. Por tanto, la genea­logía no es una muestra de la fecundidad biológica del ser humano, sino una demostración de la provi­dencia de Dios.

   Mateo destaca ese plan providencial en 1,17, donde aclara que la genealogía del Mesías se puede dividir en secciones de cator­ce generaciones de cada una de las cuales desarrolla armónicamen­te una gran parte de la historia de la salvación. En la primera sección, pre-monárquica, que va de Abrahán a David, se nos mues­tra cómo el proceso selectivo de Dios dio lugar a linaje davídi­co. Jesús es hijo de Abrahán no a través de Ismael, el hijo ma­yor, sino a través de Isaac (Gn 16-17); es hijo de Isaac no a través del primogénito, Esaú, sino a través de Jacob (Gn 27). De entre los doce hijos de Jacob, Jesús desciende de Judá, el cuarto hijo, porque a Judá se le prometió el cetro eterno (Gn 49,10).

Composición de la genealogía

   La estructura de la genealogía de Mateo no es estrictamente histórica, sino artificial, aunque ningu­no de los dos términos sea muy preciso si tenemos en cuenta que la finalidad principal de una genea­logía bíblica no suele ser la de presentar una des­cendencia puramente biológica.

   Al decir artificial se quiere decir que Dios no hizo las cosas afinando tanto que fueran exactamente catorce generaciones. La genealogía incluye per­sonajes históricos, pero son manejados de acuerdo con la perspectiva que desea proponer el evangelista.

  ¿El esquema 3 x 14 que aparece en 1,17 es de Mateo o la copió de esquemas ya existentes? La respuesta es matizada: Mateo utilizó dos listas existentes en griego, las cuales dependían a su vez en parte de genealogías presentes en los LXX. Una de esas listas abarcaba el período pre-monárquico y era parecida a las de Rut 4,18-22 y 1 Cron 2,5ss. Mateo hizo algunos cambios en ella, so­bre todo añadiendo los nombres de mujeres.

   ¿Qué significado tiene el número 14? No sabemos que ese número tuviera un significado especial; tal vez por el hecho de ser dos veces siete, el número perfecto. Algunos han calculado que el número 3 x 14 equivale a 6 x 7, de modo que Jesús fue precedido por seis períodos de siete generaciones, y él inaugu­raba el sép­timo o úl­timo, división atestiguada por el libro de Henoc. Pero si ésa hubiera sido la idea de Mateo, se esperaría que hubiera hablado de 6 x 7 y no de 3 x 14.

   Otros recurren a la «gematría», puesto que en la antigua orto­grafía hebrea el valor numérico del nombre de David era catorce. Sustituyendo las consonantes del nombre DaViD (las vocales no cuen­tan en hebreo) por sus respectivos núme­ros resulta el número catorce (D=4, V= 6, D=4). El hecho de que la gematría encaja­ra con lo que se propo­nía Ma­teo en la genealogía -mostrar que Jesús era «Hijo de David»- es un ar­gumento en favor del origen mateano de la genealo­gía.

   ¿Cuál es posiblemente la intención teológica de la división de la historia en 3 x 14? Las 14 genera­ciones desde Abrahán hasta Da­vid muestran el vér­tice de la historia judía; las 14 generacio­nes desde David hasta la deportación a Babi­lonia revelan el punto más bajo de la histo­ria santa (cf. Sal 137); y las 14 generacio­nes del cautive­rio babilónico hasta Jesucristo patentizan el defi­niti­vo punto culmi­nante de la histo­ria de la salvación que jamás conocerá oca­so porque ahí surgió el Mesías (cf. Gal 4,4; Hb 1,1-2).

¿Por qué aparecen mujeres?

   Además de María, la madre de Jesús, Mateo incluye cuatro muje­res en su ge­nealogía: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé (la mujer de Urías). Hay que ver si las cuatro mujeres del Antiguo Testamento desempe­ñan el mismo papel y pregun­tar qué relación tienen con María. Su presencia en una genealogía resulta ajena a los esquemas bíblicos. Es cierto que se menciona a Tamar en 1 Cro 2,4, pero esto no explica la elección que ha hecho Mateo de las otras tres mujeres del Antiguo Testamento. ¿Qué tienen en común estas cuatro mujeres que haya podido originar la elección de Mateo? Tres son las explicaciones más importan­tes que se han dado:

   La primera, adoptada ya por San Jerónimo, es que las cuatro mujeres eran consideradas como pecadoras, y su inclusión anuncia­ba a los lectores de Mateo el papel de Jesús como Salvador de los pecadores. Sin embargo, para valorar esta hipótesis hemos de te­ner en cuenta que la Biblia no consi­dera como peca­doras a todas estas mujeres. No está claro, por ejemplo, que Rut pecara con Booz. Además, si bien el Antiguo Testamento considera a las otras mujeres cul­pables de impureza en distinto grado (Tamar fue seduc­tora y supuesta pros­titu­ta; Rajab fue prostituta; la mujer de Urías fue adúltera), la piedad judía de tiempos de Jesús las te­nía en gran estima.

   Se estimaba a Tamar como una santa prosélita judía (una cana­nea converti­da): por propia iniciativa había perpetuado la des­cendencia del hijo de Judá, su marido muerto. Se decía que había obrado así porque tenía fe en la promesa mesiánica sobre el lina­je de Judá y quería participar en sus bendiciones.

   A Rajab, clasificada también como prosélita, se la veía como una heroína porque había ayudado a Israel en la victoria de Jeri­có. Hebreos 11,31 la elo­gia como modelo de fe. Incluso el adulte­rio de Betsabé no siempre fue condena­do en la literatura rabínica porque, en última instancia, fue la madre de Salomón. Por tanto, no es probable que los lectores de Mateo tacharan a estas mujeres de pecado­ras.

   La segunda explicación, popularizada por Lutero, es más con­vincente: las mujeres eran consideradas como extranjeras y Mateo las incluyó para demostrar que Jesús, el Mesías judío, estaba relacionado por sus antepasados con los gentiles. Según la Biblia, Rajab y (probablemente) Tamar eran cananeas; Rut, moabi­ta. A Betsabé el Antiguo Testamento no la identifica como extran­jera; pero Mateo la presenta como mujer de Urías («el hitita»), y es esta peculiar designa­ción la que constituye el argu­mento más fuerte en favor de que las cuatro muje­res eran consideradas como extranjeras en la genealogía del Mesías.

   Pero hay dos objeciones contra esta hipótesis. En primer lu­gar, las cuatro mujeres del Antiguo Testamento serían de algún modo una preparación para el papel de María y María no era una extranjera. Además, no está claro que los judíos del siglo I con­sideraban a esas mujeres como extranjeras a pesar de los datos del Antiguo Testamento. En la literatura posbíblica, Rajab y Ta­mar no eran presen­tadas como gentiles, sino como prosélitas o convertidas al judaís­mo. Ahora bien, si Mateo las introdu­jo en la genealogía para atraer al sector paga­no-cristiano de su comuni­dad, el ejemplo no es alecciona­dor porque son proséli­tas judías y no judeo-cristianas.

   La tercera explicación, que cuenta hoy con muchos seguidores, encuentra en las cuatro mujeres del Antiguo Testamento dos ele­mentos comunes que comparten con María:

   a) hay algo extraordinario o anómalo en la unión con su pare­ja, una unión que, aunque pudiera producir escándalo a los de fuera, posibilitó el linaje bendito del Mesías;

   b) las mujeres tomaron una iniciativa o desempeñaron un papel importante en el plan de Dios, y así llegaron a ser consi­deradas como instrumentos de la providencia de Dios o de su Espí­ritu Santo.

   Estas mujeres aparecían como ejemplo de cómo Dios se vale de lo inesperado para vencer los obstáculos humanos e interviene en favor de su proyectado Me­sías. Mateo ha elegido mujeres que pre­figuraban el papel de María, la esposa de José. A los ojos huma­nos, su embarazo fue un escánda­lo, ya que ella no había convivido con su esposo (1,18). 

Las citas de reflexión de Mateo

   En 1,22-23 cita Mateo el Antiguo Testamento directamente e introduce la cita con estas palabras: «Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por el profeta». Es la pri­mera cita de cumplimiento en el evangelio. Este elemento es común en el cristianismo primitivo, pero Mateo lo eleva a la cate­goría de cumplimiento de la palabra profética.

   ¿Qué finalidad tienen las citas? Para algunos autores este pro­cedimiento tiene finalidad apologética: los escritos sagrados pretenden demostrar a la sinagoga que Dios había predicho la vida de Jesús. Si esto fuera cierto, era de esperarse una mayor canti­dad de citas en relación con la pasión y crucifi­xión, el «escánda­lo de los judíos» (1 Cor 1,23). Además, es notable la desigual repar­tición de las citas a lo largo del evangelio. Cinco de las catorce apare­cen en el relato de la infancia, que ocupa dos de los veintiocho capítulos del evange­lio. Esta concentración puede significar que el evangelista miraba la infancia como una sección de la vida de Jesús poco explorada en relación con el Antiguo Testamento. La pasión y crucifixión, por su parte, desde el co­mien­zo de la tradición cristiana fue estudiada sobre el telón de fondo del Antiguo Testamen­to.

   Para otros autores, tales citas tienen una finalidad didácti­ca, es decir, informar a los lectores cristia­nos y confirmarlos en su fe. Las citas tendrían como finalidad ubicar la vida de Jesús dentro del plan de salvación de Dios.

La concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-25)

   Este es uno de los postulados fundamentales de la fe cristiana. De él se sirve el evangelista para apuntalar su gran tesis teológica: ¡Jesús viene de Dios! Aquí es necesario distinguir entre la virginidad de María y la concep­ción virginal de Jesús.

   La concepción virginal de Jesús ¿qué implica? Su enunciado es muy simple: María, al concebir a Jesús, recibió del Espíritu Santo toda su fuerza fecun­dante. De ello se infiere que, en tal concepción, sólo intervienen dos prota­gonistas: María y el Espíritu Santo.

   La virginidad de María, ¿qué implica? Sencillamente, que no mantuvo rela­ciones sexuales con ningún varón. Tal virginidad pudo ser temporal (opinión protestante) o perpetua (opinión católica).

   ¿Qué dicen los textos mateanos sobre la concepción virginal de Jesús? El evangelista presenta a María y a José como simples «desposados». Dentro de la cultura ju­día, el matrimonio constaba de dos momentos: el consen­timiento mutuo delante de testigos (Mal 2,14) y la introducción de la novia en la casa del novio (Mt 25,1-13).

   El consentimiento (desposorio), que solía tener lugar cuando la mu­chacha contaba entre doce y trece años, daba al joven cier­tos derechos sobre la mu­chacha. Ella era desde entonces su mujer y cual­quier infracción de los dere­chos maritales podía castigarse como adulterio. Pero la mujer seguía vi­viendo con su propia fami­lia, normalmente alrede­dor de un año. Normalmente la pareja se res­petaba hasta la noche de bodas. Mas, de no ser así, la ley hacía gala de tole­rante. Entonces tenía lugar la transferencia normal o introducción de la novia en casa del no­vio, donde él se comprometía a mantenerla.  

   Antes de vivir juntos. Es decir, antes del segundo momento del procedimien­to matrimonial. El texto se limita a consignar que, antes de convivir con su pro­metido, fue fecundada por el Espíritu Santo. Y, una vez encinta, José se la llevó a su casa, pero sin mantener relaciones con ella hasta que nació Jesús (1,18b.25).

La acusación de ilegitimidad

   En la situación descrita por Mateo y Lucas vemos que María se quedó encinta bastante tiempo antes de que fuera a vivir con su esposo. En la lógica del relato, esto quiere decir que al menos un hecho referente a la concepción de Jesús pudo llegar a ser de dominio público: que Jesús nació demasiado pronto después de que sus padres fueran a vivir juntos.

   En Juan 8,31ss hallamos un debate entre Jesús y «los judíos» sobre si estos descienden de Abrah­án, que aparece como su padre. En el v. 39 Jesús pone en duda que sean realmente hijos de Abrahán, puesto que no hacen obras dignas de él. Esto lleva a los judíos a protestar: «Nosotros no somos hijos de prostitu­ción; un solo padre tenemos, y es Dios» (8,41). En otras palabras, podríamos traducir: «Nosotros no somos hijos ilegítimos, pero tú sí». El em­pleo enfático del pronombre griego «nosotros» permite esa interpre­tación.[2] En la misma pers­pec­tiva se puede colocar la pregunta iró­nica de Juan 8,19: «¿Dónde está tu padre?».

La «justicia» de José

   José viene presentado como «justo» (Mt 1,19), apelativo que el judaísmo apli­caba a quienes cumplían la ley. Y esta ¿acaso, no ordenaba que, en casos así, se denunciara todo atisbo de infidelidad? ¿cómo asociar la «justicia» de José con su renuencia a denunciarla? La ley prescribía que, en caso de supo­nerla infiel, la pusiera en manos de los tribunales.

   La ley ante la cual debe enfrentarse José es Deuteronomio 22,20-21, que considera el caso de una joven que es conducida a casa del marido y resulta no ser virgen. El Deuteronomio exigía la lapidación de la adúltera, pero en un sistema legal menos se­vero del mandato de «quitar el mal de en medio de ti», se habría cumplido divorciándose de ella.

   ¿Por qué no lo hace José? El texto dice que es un ángel quien adentra a José en el misterio (1,20). ¿María le había desvelado el enigma? Es lo normal en una pareja que se quiere y se tiene confianza. Sin embargo, es difícil hacer conjeturas. Lo cierto es que José se fía de ella y en tal confianza ha de anclarse su «justicia».

   Le pondrás por nombre Jesús. En Mateo es José quien impondrá el nombre al niño, mientras que en Lucas 1,31 se dice que lo hará María. En los tiempos patriarcales tanto el padre (Gn 4,26) como la madre (Gn 4,25) podían imponer el nombre al hijo.

   Iesous es una helenización del hebreo Yesua. Este nombre he­breo es ya una forma abreviada de Yehosua o Josué, el nombre del sucesor de Moisés. El signi­ficado original de Yehosua era «Yahvé ayuda», de la raíz sw, «ayudar». Sin embar­go, una etimología popular relacio­naba el nombre y su forma abreviada con la raíz ys, «salvar» y el nombre Yesua, salvación (cf. Mt 1,21). La interpreta­ción matea­na de «Jesús» como «Dios salva» refleja esa etimología popular; cf. también He­chos 4,12.

   Sin haber tenido relación con ella antes. Literalmente, «no la conoció hasta que». La Vetus Latina y la Vetus Siríaca omiten es­to. Algunos autores sostienen que la frase pudo ser añadida por un copista para reforzar la idea de la con­cepción virginal. Más probable es que fuera omitida por copistas que veían en ella un obstáculo para la tesis de la virginidad perpetua.

   A Mateo le interesa subrayar la virginidad de María antes del nacimiento del niño; la cuestión de la virginidad perpetua de María (concilio I de Le­trán) pertenece a la teolo­gía posbíblica, y Mateo 1,25 se refiere a este punto única­mente si lo relacio­namos con otros dos pasajes del evangelio (12,46-50 y 13,55-56) donde se men­ciona a María junto a los hermanos (y herma­nas) de Je­sús.

   En la antigüedad se debatió si éstos eran medio hermanos de Jesús (hijos de un matrimonio anterior de José: Protoevangelio de Santiago, Epifanio), o pri­mos (hijos de un hermano de José o de una hermana de María: Jerónimo), o her­manos de sangre (hijos de José y María; Helvidio).

Comentario a Mateo 2,1-12

   Belén. Ocho kilómetros al sur de Jerusalén, era la ciudad an­cestral de Da­vid, donde fue ungido por el profeta Samuel como rey del pueblo de Dios (1 Sam 16,1-6; 17,12.15; 20,6.28).

   Mateo cita textualmente la profecía de Miqueas 5,1 que presen­ta a Belén como lugar de nacimiento del Mesías. La pregunta es: ¿estamos ante un dato histórico o ante una elaboración teológica?

   Posiblemente Belén sea fruto de una elaboración teológica para hacer coin­cidir el dato con la profe­cía. Además, según Mateo, José y María viven en el lugar; para Lucas, en cambio, la pareja vive en Nazaret y se desplazan a Belén por motivos del censo.

   En otros textos del Nuevo Testamento, se hace referencia a Jesús como pro­cedente de Nazaret: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). Nazaret no tiene tradición profética y de ahí la dificultad para ser presentada como la patria de Jesús.

   La versión lucana (2,7) según la cual María y José habían ido de visita a Belén sin tener dónde hospedarse y el niño había sido puesto en un pesebre, dio lugar a la tradición cristiana poste­rior de que Jesús había nacido en una cue­va.

A propósito de los «magos»

   El relato de los magos es sin duda uno de los que más ha influido en la religiosidad popular. Tanto que la leyenda (apócrifos) los ha convertido en reyes, asignándoles nombres concretos y venerando sus restos en la catedral de Colonia (Alemania). En nuestro caso, lo que nos importa no es dirimir si exis­tieron o no, sino saber por qué habla de ellos Mateo.

   Magos. Son conocidos entre los medos en el siglo VI a.C. Tam­bién es percep­tible su presencia en el mundo griego y babilónico. Las actividades a las que se dedican son variadas. El término «magos» puede designar a los que se dedica­ban a las ciencias ocul­tas y abarca una amplia gama de astrólogos, hechiceros, sacerdo­tes y adivinos de diversa índole.

   La descripción que hace Mateo de los magos interpretando la aparición de una estrella nos inclina a considerarlos astrólogos. ¿Hay en Mateo una polémi­ca implícita contra los falsos magos y, en particu­lar, contra la astrología?

   Algunos autores (Mann, Clarke) señalan que la palabra «magos» tiene siempre un sentido peyorativo en el Nuevo Testamento. Mann piensa que los magos de Mateo eran judíos babilónicos entregados a la magia negra y a la adoración de las estrellas, pero que aho­ra entregan los instrumentos de su negocio en home­naje a Jesús. Alude a los papiros mágicos griegos que mencionan el empleo de incienso y mirra en los encantamientos.

   Davies piensa que, así como los magos de Egipto fueron venci­dos por Moisés, así también el poder de los astrólogos quebranta­do por la venida de Jesucris­to. En el homenaje de v. 11 ve que tuvieron que inclinarse ante un Moisés más gran­de.

   Sin embargo, en la descripción que hace Mateo de los magos no se alude en absoluto a una conver­sión ni a prácticas falsas; son personas admirables. Re­presentan lo mejor del saber y de la reli­giosidad pagana, que los llevó a en­contrar a Jesús a través de la revelación natural.

A propósito de la estrella

   Basta leer la narración para saber que está catalizada por la estrella. Al descubrirla se ponen en marcha los magos. Y, tras un sinfín de vicisitudes, acaban postrados ante Jesús. Un detalle intere­sante es que la estrella se equi­voca. Según se deduce del relato, los magos la siguen confiados de que los llegará donde el Mesías. Pues bien, hallándose este en Belén, la estrella los lleva a Jerusalén. Este error de cálculo complicó extremadamente las cosas.

   De hecho, si no hubiera guiado a los magos hasta Jerusalén, Herodes no se hubiera enterado del nacimiento del niño. Y sin el conocimiento del rey, no habrían rodado las cabezas de los inocentes.

   ¿Por qué yerra la estrella? Más que error, es necesidad: el judaísmo lleva­ba siglos ejerciendo de pueblo elegido. Pues bien, mientras no perdiera tal privi­legio, sólo él tenía acceso al Mesías. Por eso la estrella conduce a los magos al encuentro de Herodes, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas del pueblo. Y únicamente cuando este rechaza a Jesús, puede la estre­lla llevar­los a su presencia.

   En la antigüedad (Grecia-Roma) se creía que cada ser humano tiene una es­tre­lla que comienza a lucir el día del nacimiento y se desvanece cuando muere. Así mismo, estaba muy extendida la idea de que los nacimientos y muertes de los hombres grandes estaban marcadas por fenómenos astronómicos.

   Este texto se inspiró probablemente en el relato de Balaán (Nm 22-24). Balaán es un hombre con poderes mágicos que venía de Oriente y predijo que una estrella se alzaría de Jacob (en 2 Tim 3,8, Yanes y Yambres, los magos principales del faraón son identificados como hijos de Balaán). Dado que la tradición judía inter­pretó esta estrella como una referencia a la casa de Da­vid, el relato de los magos implicaba una proclamación celestial pública del nacimiento del Mesías.

   ¿Hubo un fenómeno astronómico en tiempos del nacimiento de Je­sús que, a la vista de tales creencias pudiera ser interpretado como la estrella que anun­ciaba el nacimiento del Mesías?

   Desde los tiempos de Johannes Kepler, en el siglo XVII, se han hecho minu­ciosos estudios astronó­micos sobre los peculiares fenó­menos de cuerpos celes­tes que tuvieron lugar en la década ante­rior al nacimiento de Jesús, es decir, del 14 al 4 a.C.

   Una estrella nueva o «supernova». Una «supernova» es una es­trella débil o muy distante, en la que tiene lugar una explosión, de modo que durante algunas semanas o meses da mucha luz, hasta el punto de ser visible a veces incluso durante el día. Cada año se descubre una docena aproximadamen­te de estas es­trellas, pero son raras las que se pueden ver a simple vista. No hay ningún relato acerca de una estrella nueva o «supernova» aparecida inme­diatamente antes del naci­miento de Jesús. Por tanto, la teoría de una «estrella nueva» es pura conjetura.

   Otros hablan de un cometa. Los cometas siguen un camino regu­lar, aunque elíptico, alrededor del sol. Cuando están cerca del sol y de la tierra pueden ser visibles cuando arrastran una cola luminosa de gases y polvo. Cometas muy brillantes sólo se ven raras veces cada siglo (cada 77 años). Por cálculos astronómicos sabemos que el cometa Halley hizo su aparición en 12-11 a.C.

  Otros prefieren hipotizar una conjunción planetaria. Júpiter y Saturno son, en­tre los planetas visibles, los más len­tos en su órbita alrededor del sol: Júpiter realiza una órbita cada doce años; Saturno, cada treinta. En el curso de esas órbi­tas, los dos planetas se cruzan cada veinte años; y, al cruzarse, aunque estén muy al norte o al sur el uno del otro, se dice que están en con­junción. Mucho más rara­mente sucede que un tercer planeta, Marte, pase durante la con­junción de Júpiter y Saturno o poco después. Kepler observó este fenóme­no en 1604. Calculó que se repite cada 805 años y que había sucedido en el 799 d.C. y en el 7-6 a.C. En este último caso Marte pasó muy cerca el año siguien­te.

   Rendirle homenaje. El verbo proskynein indica con frecuencia la acción de postrarse (v. 11) y designa el homenaje que se ofre­ce a una persona de cierta prestancia o autoridad, así como la adora­ción que se rinde a una divi­nidad.

   El cuadro de unos magos que vienen de Oriente a rendir homena­je a un rey y le traen regalos es una costumbre conocida. Cuando el rey Herodes terminó la construcción de Cesarea marítima, en el año 10-9 a.C. vinieron a Palestina mensajeros de muchas naciones con regalos.[3]

   Sintetizando podemos decir:

   Los magos de Oriente, que representan a los gentiles, reciben la revelación de Dios sobre el naci­miento del Mesías por medio de una manifestación de la naturaleza, la aparición de una estrella. Van a Jerusalén y allí reciben pre­cisiones sobre el lugar del nacimiento del Mesías por medio de las escritu­ras judías. Llegan a Belén, donde rinden homenaje al rey y le ofrecen regalos.

   Cierto que el judaísmo disfrutaba de la elección divina. Pero se quedó sin ella una vez que el pueblo rechazó a Jesús, el Mesías. A partir de este momen­to, la humanidad entera tiene expedito el camino que conduce a Jesús.

   Hay una cita implícita del salmo 72,10-11 e Isaías 60,6, donde se habla de extran­jeros que traen regalos de oro e incienso en home­naje al rey, hijo real de Dios (Sal 72,11).

Historia y verosimilitud

   a. Una estrella que salió por Oriente, apareció sobre Jerusa­lén, giró hacia el Sur hasta Belén, donde se detuvo sobre una casa, habría constituido un fenó­meno celeste sin paralelo en la historia astronó­mica; sin embargo, no la regis­traron las crónicas de entonces. El problema de la historicidad tampoco se resuelve diciendo que la estrella fue una visión interna que sólo los ma­gos percibieron (san Juan Crisóstomo).

   b. La narración del modo como Herodes reunió a los sacerdotes y escribas para consulta parece ignorar la encarnizada oposición que existía entre ellos y que el sanedrín no estaba a su disposi­ción.

   c. El suspicaz Herodes no hace ningún intento por seguir a los magos en su viaje de ocho kilómetros desde Jerusalén a Belén.

   d. Cabe imaginar la impresión que harían en una pequeña aldea los exóticos magos de Oriente con sus regalos reales y el servi­cio de inteligencia de Hero­des no es capaz de descubrir a qué niño habían visitado.

   e. Josefo, que narra los horrores del reinado de Herodes, no menciona la matanza de los niños de dos años para abajo.

   f. Aunque también Lucas 2 dice que Jesús nació en Belén, no menciona la intervención de Herodes, ni la venida de los magos, ni la matanza, ni la huida a Egipto.

Comentario de Mateo 2,13-23

   Se fue a Egipto. El poder de Herodes no llegaría hasta Egipto, que estaba bajo control romano desde el 30 a.C. Era la clásica tierra de refugio para quienes huían de la tiranía en Palestina. Cuando el rey Salomón intentó matar a Jeroboán, éste «se levantó y huyó a Egipto» (1 Re 11,40). Cuando el rey Joa­quín intentó matar­lo, el profeta Urías, hijo de Semayas, huyó a Egipto (Jer 26,21). Es probable que esta tradición de refugio en Egipto haya influido en el relato mateano.

   Quienes sostienen la historicidad del relato dicen que la sa­grada familia no hizo más que atravesar la frontera y no pasó de Gaza, que estaba en los confi­nes del Egipto romano. Pero también se podrían aceptar como históricas las leyendas coptas que pre­sentan a la familia navegando varios cientos de millas por el Nilo.

   Nazareno (1,23). Nazoraios, forma adoptada por Mateo, Juan y Hechos y su sinónimo «Nazarenos», forma adoptada por Marcos; Lucas emplea las dos formas. Son dos traducciones corrientes de un adjetivo arameo Nasraya, derivado a su vez del lugar «Nazaret» (Nasrath).[4]

   Aplicado a Jesús cuyo origen denotaba (Mt 26,69-71) y luego a sus seguido­res (Hch 24,5), este término se conservó en el mundo semítico para designar a los discípulos de Jesús, mientras que el nombre de «cristiano» (Hch 11,26) pre­valeció en el mundo greco-romano.

   No se sabe claramente a qué oráculos proféticos alude aquí Mateo; se puede pensar en el nazir de Jc 13,5-7. Es la teoría que sostienen Bonnard, Rembry, Sanders y Schweizer. Nazir signi­fica «consa­grado» o «santificado» para Dios por medio de un voto.

   La descripción clásica de un nazireo hebreo aparece en Num 6,1-21: debía distinguirse de los demás por el compromiso de no beber vino ni licores, de no cortarse el cabello y no tener con­tacto con cadáveres. Pero, en la práctica, lo que sabemos del nazireo procede de los relatos de nacimiento de Sansón y Sa­muel.

   En Jueces 13,2-7 se nos cuenta que el Señor dijo a la mujer de Manoj que concebiría y daría luz a un hijo (Sansón) y que no pa­saría navaja por su cabe­za, porque sería nazireo desde su naci­miento para Dios y empezaría a salvar a Israel de los filisteos.

   En 1 Sam 1,11 oímos a la estéril Ana quejándose al Señor y pidiéndole un hijo (Samuel) y prome­tiendo que lo entregará al Señor de por vida y no pasará navaja por su cabeza.

   El ideal del nazireo siguió vivo en el recuerdo judeo-cristia­no. La voca­ción del Bautista es descrita dentro de esta perspec­tiva del nazireato: «No beberá vino ni licor. Y además se llenará del Espíritu Santo ya en el vientre de su madre» (Lc 1,15).

Identificación del material pre-mateano

   Con los materiales bíblicos

   Según el libro del Éxodo, el faraón, alarmado por la explosión demográfica de los hebreos, que se habían multiplicado a pesar de la pobreza y de los tra­bajos forzados, ordenó a las comadronas he­breas, y luego a los egipcios, que mataran a los varones hebreos que nacieran. Moisés se libró de ese destino porque su madre lo puso en una cesta en el Nilo, donde lo encontró la hija del faraón y lo salvó. Criado en la corte egipcia, Moisés mató a un egipcio que había tratado brutalmente a un he­breo. Esto llenó de ira al faraón, y Moisés tuvo que huir al país de Madián para salvar la vida. En el relato bíblico se pueden señalar los siguientes puntos de coincidencia con Mateo:

   Mt 1,13-14: Herodes busca al niño para matarlo; por eso José tomó al niño y a su madre y huyó.

   Ex 2,15: El faraón intentó matar a Moisés, y por eso huyó.

   Mt 2,16: Herodes mandó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén.

   Ex 1,22: El faraón ordenó que todos los niños hebreos que nacieran fueran echados al Nilo.

   Mt 2,19: Herodes murió.

   Ex 2,23: Murió el rey de Egipto.

   Mt 2,19-20: El ángel del Señor dijo a José en Egipto: «Vuélve­te a Israel; ya han muerto los que intentaban acabar con el niño».

   Ex 4,19: El Señor dijo a Moisés en Madián: «Vuelve a Egipto, que han muerto los que intentaban acabar con tu vida».

   Mt 2,21: José cogió al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.

   Ex 4,20: Moisés tomó a su mujer y a sus hijos y regresó a Egipto.

   Con la tradición extra-bíblica

   Esta lista de paralelismos se amplía notablemente cuando pasa­mos a la tra­dición midráshica judía sobre la infancia de Moisés. En el judaísmo posexílico (después del 500 a.C.) hubo una exalta­ción de la ley mosaica como centro de la vida religiosa y corre­lativamente, un interés por conocer los orígenes de Moi­sés y que le habían dado esa enseñanza celeste.

   Son muchas las obras conocidas (targumes o traducciones ara­meas del Éxodo, midrashes o exposiciones homiléticas del Éxodo y algunas vidas de Moisés). ¿Qué material era conocido por los ju­díos del período en que tomaba forma el relato mateano de la in­fancia? La Vida de Moisés escrita por Filón y el relato del naci­miento de Moisés[5] de Josefo ofre­cen ejem­plos incontrovertibles de la tradi­ción midrás­hica que circulaba en el primer siglo cristiano. Los puntos si­guien­tes, tomados principalmente de Jose­fo, subrayan los parale­lismos bíbli­cos, ya señalados entre las infancias de Moisés y de Jesús:

   El faraón no buscaba simplemente limitar la población hebrea, sino que había sido avisado milagro­samente del nacimiento de un hebreo que constituiría una amenaza para el reino egipcio. Hero­des es enterado por los magos que pre­guntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (2,1-2).

   Según Josefo, este aviso vino de uno de los escribas sagra­dos del fa­raón.[6] En el relato mateano, Herodes co­noce por los sumos sacerdotes y los escribas el lugar donde iba a na­cer el Mesías: «En Belén de Judea, porque así está es­crito por el profeta» (2,5).

   El faraón se alarmó al conocer el futuro nacimiento del liber­tador hebreo; la idea de este nacimiento infundió pavor a los egipcios. De igual modo, cuan­do Herodes supo del nacimiento de Jesús, el Mesías, «se sobresaltó, y con el Jerusalén entera» (2,3).

   El plan del faraón para asegurar la muerte del niño prometido asesinando a todos los niños hebreos se frustró porque Dios se apareció en sueños a Amrán (padre de Moisés), un hebreo cuya mu­jer estaba ya encinta, y le dijo que no desesperase del futuro. El hijo que le iba a nacer escaparía de aquellos que esperaban quitarlo de en medio y «libraría a la raza hebrea de la esclavitud egipcia».[7] En Mateo, es un ángel quien le avisa a José que huya a Egipto (2,13). Lo mismo que Moi­sés, Jesús «salvará a su pue­blo de los peca­dos» (1,21).

P. Pedro Pablo Zamora Andrade

Misionero Redentorista


[1] Cf. R. BROWN, El nacimiento del Mesías, Madrid 1982.

[2] La Biblia de Jerusalén anota al respecto: «La prostitución designa entre los profetas la infideli­dad religiosa (cf. Os 1,2ss)». Los judíos harían aquí alarde de su fidelidad al Dios de la alian­za. Sin embargo, no creemos que sea ésta la perspectiva propuesta por el texto.

[3] Cf. JOSEFO, Ant. XVI,5,1, nn. 136-141.

[4] El texto de Juan 19,19 aplica a Jesús el título nazoreo. Esta palabra, según algunos autores, es distinta de nazareno o proveniente de Nazaret. De­signaría probablemente a Jesús como bautista, al igual que los bautistas ju­díos o mandeos llamados también nazaraioi o nazarayyá, esto es, observan­tes o guar­dianes.

[5] Cf. Antigüedades, II,9,2 nn. 205-237.

[6] Cf. Ibid., II,9,2, n. 205.

[7] Cf. Ibid. II,9,3, nn. 212, 215-216.