LA INFANCIA DE JESÚS SEGÚN SAN LUCAS

   Ya la antigüedad resaltó cómo este evangelista presenta a María y José resi­diendo en Nazaret, de donde se trasla­dan a Belén para empadronarse. ¿Motivo? El censo que ordenó Quirino, siendo legado de Siria. Y, una vez nacido Jesús, los tres regresan a Nazaret. Lucas ignora, por tanto, la estancia en Egipto, así como el odio de Herodes contra el recién nacido en Belén.

   Todos los especialistas están de acuerdo en que Lucas preten­dió mos­trar un paralelismo entre Juan Bautista y Jesús. Cuando este pa­ralelismo se encuentra en episodios adyacentes, se suele emplear el término díptico. El paralelismo más estrecho se da entre las dos anunciaciones. El género de «anun­cios» consta de cinco elementos:

   -Aparición del ángel;

   -turbación del destinatario del mensaje;

   -anuncio del mensaje divino;

   -objeción del protagonista;

   -confirmación del mensaje por medio de una señal.

   El género de los anuncios de nacimientos es idéntico en todas las narracio­nes (la de María tiene sus peculiarida­des). Se trata de la impo­sibilidad de concebir por esterilidad, a lo que se añade, en al­gunos casos, la edad avanzada de los per­sonajes:

   Abrahán y Sara: edad avanzada (Gn 17,17; 18,11-12) y esteri­lidad de Sara (Gn 11,30; 16,1).

   La madre de Sansón: era también estéril (Jc 13,2-3).

   Zacarías e Isabel: eran de edad avanzada (Lc 1,7.18), Isabel era estéril (Lc 1,7.36).

   Sin embargo, el relato de Jesús tiene elementos adicionales que tienden a presentarlo como superior al Bautista: Jesús es llamado «Hijo del Altísimo», «Santo», «Hijo de Dios»; su concepción será por obra del Espí­ritu Santo (este dato no tiene precedentes en la historia de salvación: que una mujer conciba sin concurso de varón); Zacarías queda mudo, mientras María responde positiva­mente a la voluntad de Dios sobre ella.

La pregunta de María (Lc 1,34)

   En este pasaje, María está desposada con José (aquí coincide con Mateo); pero aún no ha sido conducida a casa de José, su es­poso. Cuando el ángel le dice que va a concebir un hijo, ella pregunta: ¿Cómo será esto?, como si hubie­ra una dificultad. ¿Por qué no supone que la concepción tendrá lugar cuan­do sea conducida a casa de José y tenga relaciones con él? No podemos suponer in­genua­mente que ella «no sabía nada de la vida».

   Una famosa solución anti­gua es que María se había comprometido a ser virgen de por vida. Esto presupo­ne que su matrimonio con José fue, de mutuo acuerdo, un matrimonio de conve­niencia en el que él aceptaba respetar su propósito de virginidad y procurarle la protec­ción del matrimonio, para que no la molesta­ran los admi­radores.

   El testimonio más antiguo de la teoría del voto es el de Gre­gorio de Ni­sa, en el 386, pero se exten­dió por Occidente a través de Ambro­sio y Agus­tín y se convirtió en la interpretación clásica.  

   Por lo que conocemos del judaísmo palestinense, no habría ex­plicación para el hecho de que una muchacha de doce años fuera al matrimonio con la intención de conservar su virginidad y no tener hijos. Esta teoría tiene sentido en el cristianismo posterior, donde se revalorizó la figura del celibato.

   Algunos autores han intentado defender esta teoría recurriendo a descubri­mientos recientes en Qumrán. Allí existía una secta (los esenios) que valora­ban la virginidad o el celibato. La ex­plicación más probable del celibato esenio es que se trataba de una prolongación de la abstinencia de relaciones sexuales que se exigía a los sacerdotes judíos antes de ofrecer el sacrificio en el templo; y probable­mente el celibato era a veces temporal, puesto que la comunidad debía tener hijos para asegurar la línea sacerdotal sadoquita. Tal celibato no aclara nada sobre el propó­sito de virginidad de una joven aldeana que había contraído ma­trimonio.

   Otra forma de explicar la determinación de María de permanecer virgen es que había meditado sobre Isaías 7,14 y había com­pren­dido que el Mesías nacería de una virgen. Algunos católi­cos remontan este conocimiento de María hasta su inmaculada con­cep­ción, que le per­mitió saber que iba a ser la madre del Me­sías.  

   Otra teoría (Gaechter) es que María entendió las palabras del ángel en el sentido de que ella iba a quedar inmediatamente en­cinta o ya lo estaba. Esta situación la lleva a preguntar: «¿Cómo puede suceder esto, ya que no he tenido relaciones con ningún hombre?». Pero el griego de Lucas está en futuro. Según Gaechter, Lucas tradujo mal el v. 31. La expresión participial hebrea puede entenderse en presente o como futuro. Sin embargo, los demás ver­bos (v. 35) también están en futuro.

   Según otros autores,[1] la pregunta ha de verse más bien como recurso re­tó­ri­co. Es decir, el evan­ge­lista la pone en sus labios para preparar la res­puesta del ángel. Y es en ella (1,35) donde se impone recalcar. Muestra, en efecto, que la concepción se realizará de manera portentosa. ¿Cómo? La fuerza divina vendrá sobre María, fecundándola sin más. Sólo que para ello Dios pre­cisa su asentimiento. ¿Puede alguien no conmoverse viendo al Creador pendiente de su creatura? Sólo al dar María su «sí», se realiza el misterio de la encar­nación.

Comentario de Lucas 2,1-21

   El censo

   No hay datos sobre un censo realizado en tiempos de Augusto que afectara a todo el imperio ni sobre la exigencia de que las per­sonas se empadronaran en las ciudades de sus antepasa­dos.

   Augusto reinó desde el 44/42 a.C. hasta el 14 d.C. En el rei­nado de Augusto no hubo un censo único que abarcara todo el impe­rio; y dado el diferente rango legal de provincias y reinos some­tidos, parece muy improbable un edicto uni­versal.

   Durante su reinado se hicieron tres recuentos de ciudadanos romanos con fines estadísticos (28 y 8 a.C.; 13-14 d.C.). El ser­vicio militar y los im­pues­tos fueron las metas principales que perseguían los censos de los no ciu­dadanos romanos de provincias; y tene­mos noticia de varios censos realizados en varias ocasiones en las Galias y en Egipto.

   ¿Obligaba el censo romano a que la gente fuera a sus ciudades de origen para inscribirse como Lucas indica en el caso de José? Un papiro descri­be un censo efectuado en Egipto el año 104 d.C. en el que un resi­dente tempo­ral, para empa­dronar­se, debía ir al lugar de su domicilio habitual, donde tenía su casa. A veces se denominaba censos kata oikian. Obviamente, esta medida obede­cía a razones de impuestos sobre propiedad y agricul­tura; pero este no es el caso de José: él reside habi­tualmente en Nazaret (2,39) y en Belén seguramente no po­seía propiedades.

   El empadronamiento de Quirino

   Por muy complicados y oscuros que en parte sean algunos pormenores, el nú­cleo del problema es fácil de enunciar: El hecho de que Quirino fue goberna­dor de Siria, en vida de Herodes, no está atestiguado. Con respecto a los demás años, especialmente con respecto al período que aquí nos interesa (el período comprendido entre los años 9-4 a.C.), cons­tan claramente los nombres de los gobernadores: Sentio Saturnino, Quintilio Varo. Ahora bien, en aquellos posi­bles años del 12 al 9-8 a.C., no hubo, que sepamos, ningún «empadronamien­to» general. Por el contra­rio, la información del apologeta Tertuliano nos dice que otro gobernador de Siria, llamado Sentio Saturnino (9/8-6 a.C.), llevó a cabo el censo de que se nos habla en Lucas 2,2. Este hecho de que Sen­tio Satur­nino fuera gobernador de Siria, se halla atesti­guado también por Flavio Jose­fo.[2] Por otra parte, Josefo nos habla de un empa­drona­miento rea­li­za­do por Qui­rino, cuando era gobernador de Siria. Este censo afectó sólo a Judea, no a Galilea, y tuvo lugar en el año 6-7 d.C., diez años largos después de la muerte de Hero­des el Gran­de. Y, por tanto, apenas puede entrar en consi­deración para el nacimiento de Jesús, ya que esta fecha no se puede armonizar con el dato de que Jesús hubie­se nacido durante el reinado de Hero­des I.[3]

   Este problema se ha discutido mucho, hasta en los tiempos más recientes. Constantemente se hacen nuevos ensayos de armonizar la discrepancia que en nuestros conocimientos y en el estado actual de la investigación existe entre Lucas 2,1s y las fuentes de la historia profana. La «cuenta» no ha salido bien hasta ahora. En muchos lugares se proponen eslabones hipotéticos y conclusio­nes inciertas. Por el instante, parece que difícilmente se atrevería nadie a deci­dirse con plena convicción por una de las dos principales posibilidades: o no se trata de Quirino, sino de otro gobernador; o bien Lucas ha confundido el empadronamiento de Quirino del año 6 d.C. con algún otro empadronamiento (no atestiguado por fuentes profanas) que hubiese tenido efecto el año 4 a.C., cualesquiera que sean las razones que hayan motivado tal confusión. Tal vez la futura investigación logre aclarar más este problema y descubrir nuevas posi­bilidades de interpretación para unos textos tan diversamente enjui­ciados.

   Nos parece que la finalidad del relato no es histórica sino teológica. Detrás del relato está la profecía de Miqueas (5,1), según la cual el Mesías tiene que nacer en Belén. La pareja de José y María viven en Nazareth y es necesario buscar un motivo para ponerlos a caminar hacia el lugar de la profecía. Aquí no interesa tanto la precisión de fechas, personajes, etc.

¿Jesús es Galileo?

   Para el cuarto evangelio, Jesús es de la región de Galilea y de familia no descendiente de David. En Jn 7,41 leemos: Algunos dijeron: «Este es el Mesías». Otros, en cambio: «¿Es que el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la escritura que el Mesías será del linaje de David y que vendrá de Belén, el pueblo de David?». Ya en 1,46 Natanael pregunta, cuando oye afirmar a Felipe que halló al anunciado por Moisés y los profetas: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?».

   El evangelista no sabe nada, o nada quiere saber, del nacimiento de Jesús en Belén. En 7,52 se menciona la procedencia de Galilea como objeción contra Jesús; en este pasaje dicen los fariseos a Nicodemo: «Estudia y verás que de Galilea no puede salir el profeta». En lugar del Mesías se menciona aquí al personaje escatológico esperado, el profeta. Esta expectativa hace referencia a la promesa de un profeta como Moisés en Dt 18,15.18. Las fuentes no parecen dar ningún indicio sobre su origen. Pero su aparición está relacionada con el desierto. Jesús no cumple con este criterio de aparición en el desierto; no sólo procede de Galilea, sino que además llegó de allí.

   Contra la posibilidad de que Jesús sea el Mesías, Jn 7,27 formula la objeción: «Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Aquí aparece el tema del ocultamiento del Mesías que adoptó diversas formas en el judaísmo. En Jn 6,42 se dice: «¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo? El origen de Jesús es conocido, mas no el del Mesías que saldrá de su ocultamiento celestial al final de los tiempos. Por eso Jesús no puede ser el Mesías, según este vesrsículo.

El simbolismo de los pastores

   Lucas ajusta el nacimiento de Jesús a parámetros de normalidad (2,1-7). Nada hay en él que permi­ta pensar en prodigios. La piedad popular, apoyándose en una frase de san Efrén, supone que el niño salió del vientre de su madre «como un rayo de luz atraviesa un cristal: sin mancharlo ni romperlo». ¿Por qué no supo­ner que Jesús fue alumbrado como el resto de los mortales? El mis­terio arropa su concepción, no su nacimiento.

   El evangelista pone, en cambio, singular énfasis en resaltar cómo el ángel notifica su nacimiento a unos pastores de Belén. ¿Por qué? Se han propuesto un sinfín de hipótesis. Hay que tener en cuenta que Lucas siente una predilección especial por los pobres y desvalidos. Tanto que ningún evangelista le iguala al vincular con ellos a Jesús. Este se acerca a los marginados: pobres, muje­res, leprosos, pecadores, etc. Pues bien, los pastores eran expertos en margi­nación.

   En tiempos de Jesús, los pastores, lejos de ser mirados como dóciles o no­bles, solían ser considera­dos como ladrones (apacentaban sus ganados en campos de otros) y bandoleros, gente al margen de la ley. Esto ha llevado a sugerir que para Lucas representan a los pecadores a quienes Jesús venía a salvar (cf. Lc 5,32; 7,34; 15,1; 19,7). El anuncio a los pastores pretendería señalar cómo, al nacer Jesús, los pobres y oprimidos quedan integrados en su mensaje. Más aún, catalizan sus preferencias.

   Para otros autores, «los pastores consti­tuían una clase despreciada y por su profesión eran impuros ante la ley. Ellos pertenecían a la clase de los que no conocían la ley, como decían los fariseos. Lucas lo deja traslucir varias veces en su evangelio: Jesús fue enviado con preferencia a estos marginados social y religiosamente».[4]

Jesús, ¿niño prodigio?

   Lucas afirma: «El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él» (Lc 1,40). El lector saca, pues, la impresión de que Jesús, siendo niño, no deslumbró por su genialidad. De haberlo hecho, ¿cómo pasar desapercibido?

   Brinda, no obstante, el autor un relato donde parece desmentir lo antes dicho. Se trata de la discu­sión que mantuvo Jesús con los doctores de la ley judía a la edad de doce años. En esta narración deben distinguirse dos esce­nas: a) la pérdida de Jesús en el templo de Jerusalén; b) la discusión de Jesús con los teólogos judíos.

   a. Jesús perdido en el templo. El relato resulta del todo verosímil (Lc 2,41-50), pues se aviene con el costumbrismo de la época. Sabemos, en efecto, que muchos galileos se trasladaban a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas.[5] Y, para evitar posibles saqueos, viajaban en caravanas, donde los varones y las mujeres caminaban por separado, juntándose sólo para pernoctar. Ello ex­plicaría que María y José no se percatasen hasta la noche de la ausencia de Jesús.

   b. Jesús discutiendo con los doctores de la ley. Esta segunda escena parece mucho más inverosímil. ¿Cómo pensar, en efecto, que los grandes teólogos del judaísmo se avinieran a discutir con un adolescente? Es sabido que los grandes rabinos no solían distinguirse por su humildad. Antes bien, hacían continuos alardes de erudición teológica. Presumían conocer hasta los ápices de la ley. Y esta restringía los debates religiosos al ámbito de los adultos.

   Lucas, sin embargo, quiere resaltar la sabiduría inigualable de su protago­nista. ¿Cómo? ¡Equiparánd­olo a Salomón! Este era tenido como el sabio por anto­nomasia. Pues bien, su veredicto sobre el hijo de las dos mujeres (1 Re 3,16-28) se suponía emitido a los doce años de edad. ¡Los mismos que tenía Jesús al confundir a los doctores! Es muy posible que el evangelista quiera mostrar con ello la superio­ridad de la ciencia de Jesús sobre la de Salomón.

Lo «histórico» en Mateo y Lucas

   Entre los hechos históricos contenidos en los relatos de la Navidad la exé­gesis crítica católica enumera los siguientes:

-El noviazgo de María con José (Mt 1,18; Lc 1,27; 2,5).

-La descendencia davídica de Jesús (Mt 1,1; Lc 1,32) a través de José[6] (Mt 1,16.20; Lc 1,27; 2,4).

-El nombre de «Jesús» (Mt 1,21; Lc 1,31).

-El nacimiento de Jesús de la Virgen María (Mt 1,21-23.25; Lc 1,31; 2,6-7).

-Nazaret como residencia de Jesús (Mt 2,23; Lc 2,39).

Epílogo

   Los dos relatos (Mt-Lc) son muy diferentes y ninguno de los dos conocía el trabajo del otro y los esfuerzos por armonizarlos son totalmente imposibles. Pero, a pesar de las incompatibilida­des hay una idea común acerca del Mesías, que se manifiesta de dos maneras:

a. La tendencia a recalcar la conexión intrínseca de este na­cimiento con lo que ha precedido en Israel;

b. La tendencia a desarrollar el significado cristológico del nacimiento y, de ese modo, su incipiente continuidad con lo que sigue en el evangelio.

P. Pedro Pablo Zamora Andrade

Misionero Redentorista


[1] Cf. A. SALAS, Evangelios sinópticos. Jesús: proclamador del reino, Ma­drid 1993, 39.

[2] Antigüedades judías 12,9,1 párr. 277; 17, 5; 2 párr. 89.

[3] Hch 5,37 alude a este censo que dio origen a la rebelión acaudillada por Judas Galileo.

[4] L. BOFF, Jesucristo el liberador, Bogotá 1977, 181.

[5] La centralización del culto trajo como lógica consecuencia un verdadero hacinamiento en la capital. Una ciudad que normalmente tenía entre treinta y cuarenta mil habitantes tenía que soportar en las fiestas de pascua una presencia de aproximadamente 125.000 peregrinos. La pérdida de alguna persona no sería algo extraño en medio de este gentío.

[6] Según los evangelios apócrifos, los padres de María (Joaquín y Ana) son de estirpe davídica. Ana era hija de Isacar y pertenecía a la misma tribu de Joaquín. Cf. Evangelio del Pseudo Mateo, 2.