Por P. Pedro Pablo Zamora Andrade
Misionero Redentorista
Lo sagrado y lo profano
En principio, la sacralidad es la cualidad que separa y pone a parte un espacio, a un tiempo, a un objeto o a una persona. Lo sagrado aparece como algo diferente por completo de lo profano. ¿Cuáles son los límites? Lo sagrado es distinto de lo profano en virtud de unos límites que el ser humano traza o delinea simbólicamente. Es decir, lo sagrado no es sagrado por naturaleza, sino porque el ser humano lo separa de lo que considera profano en virtud de un límite que el propio ser humano establece. El espacio es continuo, lo mismo que el tiempo; las cosas y las personas no tienen, por naturaleza, diferencias cualitativas que las contradistingan unas de otras. Pero sabemos que el ser humano tiene la capacidad de establecer, mediante representaciones simbólicas, diferencias fundamentales entre un espacio y otro espacio, un tiempo y otro tiempo, una persona y otra persona.
Jesús y lo sagrado[1]
Los evangelios nos muestran a Jesús tomando actitudes distintas (parabólicas) en relación con lo sagrado. De hecho, sabemos que la actividad y el ministerio de Jesús desencadenaron el enfrentamiento constante de las autoridades religiosas contra su persona y su obra. Este hecho global nos debe hacer pensar porque los dirigentes judíos eran hombres profundamente religiosos. Y vieron en Jesús una amenaza tan decisiva para la religión que consideraron absolutamente necesario quitarlo de en medio. Entonces, ¿es que Jesús no era un hombre religioso?, o ¿es que Jesús entendía la religiosidad de una manera tan original y distinta que, en la práctica resultaba incompatible con la religiosidad establecida?
Como respuesta a estas cuestiones, hay que decir, ante todo, que Jesús fue un hombre profundamente religioso. Pero es un hecho que esta religiosidad de Jesús no sólo no encajó en el modelo de la religión establecida, sino que además resultó desconcertante y escandalosa hasta el punto de llegar al enfrentamiento mortal.
Lo sagrado es vivido en la religiosidad judía en tres categorías fundamentales: el espacio sagrado (el templo), el tiempo sagrado (el sábado y las fiestas) y las personas sagradas (el Sumo Sacerdote, los sacerdotes). ¿Cuál es la actitud de Jesús en relación con estas tres categorías fundamentales?
Jesús y el espacio sagrado (el templo)
Jamás los evangelios dicen que Jesús o sus discípulos acudieran al templo bien sea para orar, bien sea para tomar parte en las ceremonias sagradas. Jesús va al templo, pero su presencia tiene un objetivo distinto del habitual entre los judíos: va para enseñar su mensaje (Mt 21,23; Mc 12,35; Lc 19,47; Jn 7,28; 8,20), ya que el templo era el lugar donde se concentraba mucho público.
Resulta significativo el hecho de que Jesús se retirara a orar, es decir, para comunicarse con Dios, a la montaña (Mt 14,23; Lc 9,28-29) o se iba al campo (Mc 1,35; Lc 5,16; 9,18), cosa que tenía por costumbre (Lc 22,39). Por consiguiente, Jesús no utiliza el templo como lugar del encuentro con Dios. Jesús se relaciona con su Padre Dios en un lugar considerado profano.
Los tres evangelios sinópticos dicen que al morir Jesús, la cortina del templo se rasgó (Mt 27,51; Mc 15,38; Lc 23,45). Esa cortina separaba el lugar (sancta sanctorum) donde se suponía que estaba la gloria de Dios. Pues bien, al morir Jesús esta cortina se rasga y se abre. Es decir, Dios deja un espacio reducido y se lanza al mundo. Se rompen así las separaciones entre lo sagrado y lo profano.
De ahora en adelante, «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,23), porque Él es espíritu y está presente allí donde existe un corazón humano abierto y dispuesto a serle dócil y obediente. Se trata de un culto no limitado a un lugar, es decir, no circunscrito a un espacio determinado, al espacio sagrado.
Para concluir digamos: es un error pensar que Jesús atacó el templo porque sus sacerdotes estaban corrompidos. Es verdad que hay pasajes que apuntan a eso, pero en la enseñanza de Jesús hay algo más radical: no se trata solamente del rechazo de aquel templo con todo lo que representaba, sino que se trata del rechazo del templo en general como sistema de mediación ante lo trascendente, como medio de representación de lo divino, y como instrumento de manipulación de lo religioso.
Jesús y el tiempo sagrado (el sábado)
En los evangelios aparece la intención expresa de Jesús de realizar curaciones de enfermos en sábado (Mt 12,10-12; Mc 3,2-4; Lc 6,7-9; Jn 5,16). Lo cual comportaba un escándalo para la gente religiosa y observante, que llegaba a ponerse furiosa (Lc 6,11); era además un motivo de rechazo de lo que Jesús decía y de su propia persona (Jn 9,16); y era, sobre todo, una amenaza directa para su propia vida (Mc 3,6).
Pero no obstante todo eso, Jesús quebrantó una y otra vez la legislación religiosa sobre el sábado. Además, permitió que su comunidad de discípulos quebrantara aquella ley (Mc 2,23-24) y los defendió cuando fueron acusados (Mc 2,25); y encima de todo eso, ordenó a otros que hicieran lo que estaba expresamente prohibido (Jn 5,9).
Esta actitud global de Jesús revela algo fundamental: si para los judíos de aquel tiempo el sábado era el punto central de la ley e incluso equivalía a todos los demás mandamientos (cosa que, sin duda, sabía Jesús), al anteponer al ser humano y el bien del ser humano por encima del sábado, Jesús revoluciona radicalmente la religiosidad, transtorna su orden y su esquema fundamental: el centro de la religiosidad no es el ritual fielmente observado, ni la sacralidad como categoría básica. El centro es el ser humano y la experiencia humana. El centro de la verdadera religiosidad es el bien del ser humano. En efecto, Jesús no quebrantó el precepto del sábado por capricho, sino por hacer el bien a la gente que sufría, a los enfermos o a los oprimidos por las fuerzas del mal.
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Es decir, lo decisivo y fundamental no es lo sagrado, sino el ser humano. Si es lícito desatar un burro o un buey en día de sábado, con más razón habrá que desatar de su cadena a una hija de Abrahán (Lc 13,15-16). En la legislación religiosa del tiempo de Jesús, se permitía curar en sábado solamente cuando estaba en peligro la vida del enfermo.
En el derecho judío contemporáneo, un crimen capital no llegaba a ser objeto de juicio sino después que el autor había sido advertido notoriamente ante testigos, y así quedaba asegurado que el presunto delincuente obraba deliberadamente. En Marcos 2,24 Jesús es advertido sobre la ilicitud de su comportamiento en sábado; y en Marcos 2,25-28 el propio Jesús afirma que lo hace por propia convicción. Por tanto, el siguiente quebrantamiento del sábado pondrá en peligro su vida, especialmente si tenemos en cuenta que lo acechaban con tal intención (Mc 3,2).
Pero, Jesús pudo curar los enfermos en cualquier otro día de la semana. En este sentido, no le falta razón al jefe de la sinagoga cuando decía a la gente: «Hay seis de trabajo; venid esos días a que os curen, y no los sábados» (Lc 13,14). ¿Qué intención se ocultaba en semejante comportamiento? La respuesta no puede ser otra que la de hacer comprender, de una vez por todas, que lo único verdaderamente sagrado e inviolable es el ser humano: la salud del ser humano, su libertad, su luz, su vida. Sin duda, para hacernos comprender eso, Jesús consideró que era necesario violar lo sagrado. En teoría se puede hacer el bien y respetar lo sagrado. Pero, en la práctica diaria de la vida, la fascinación de lo sagrado engendra la falsa conciencia que termina en posturas de insolidaridad con los que sufren.
Jesús y la persona sagrada (el sacerdote)
En tiempos de Jesús, los judíos esperaban -además del mesías davídico y del profeta escatológico- un gran sacerdote (el sacerdote escatológico) que vendría a purificar el sacerdocio y el templo. En este sentido hay que recordar las profecías que se referían al futuro esplendor del sacerdocio, por ejemplo, los oráculos de Isaías (2,1-5) y Miqueas (4,1-3) sobre la exaltación futura del templo, la profecía de Jeremías que promete la estabilidad del sacerdocio levítico (Jer 33,18) y las exigencias estimulantes que expone ampliamente Ezequiel al final de su libro (44,10-31).
Sin embargo, hay un hecho significativo: Jesús suscitó toda una serie de cuestiones entre la gente en torno a su persona. Jesús fue reconocido como profeta (Lc 7,16.39) o más exactamente como «el profeta» (Jn 6,14; 7,40), cosa que después confirma Pedro en su predicación (Hch 3,22), pero jamás fue reconocido o mencionado como sacerdote. Este punto está totalmente ausente en toda la tradición evangélica.
Para Jesús existen dos formas de relacionarse con Dios: uno con ritos y otro mediante las relaciones humanas. Jesús, a ejemplo de Dios Padre (Os 6,6), prefiere el segundo porque por encima de los ritos él quiere la bondad para con los demás: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13; 12,7)
La palabra iereús designa siempre en los evangelios a los sacerdotes judíos. Jamás se aplica ni a Jesús, ni a sus discípulos.
En los evangelios sinópticos se cuenta la curación de un leproso. Y el relato concluye en los tres con la orden que impone Jesús al hombre que ha sido curado, para que vaya a presentarse al sacerdote (Mc 1,44). Lo más significativo de este relato está en que Jesús purificó al leproso extendiendo la mano y tocándole (Mc 1,41). Pero, como se sabe, esto estaba expresamente prohibido en la ley de Moisés (Lev 5,3; 13,45-46). El contacto con una persona impura producía impureza (Lev 5,3). Pero en este caso ocurre exactamente todo lo contrario: precisamente al tocar al impuro se produce la purificación.
El leproso tenía que vivir separado de la comunidad (Lev 13,45-46) y el rito de reintegración se realizaba a través de la presentación a los sacerdotes (Lev 13,49; 14,2s). Pero, en este caso, quien realiza la verdadera purificación es Jesús. Lo cual demuestra dos cosas: primero, que Jesús está por encima de los sacerdotes; segundo, que mientras lo propio de Jesús es el amor misericordioso que acoge al marginado, lo que caracteriza a los sacerdotes es el mero trámite ritual.
En la parábola del buen samaritano, Jesús critica a los sacerdotes desde la solidaridad con el prójimo necesitado. Tanto el sacerdote como el levita (Lc 10,31-32) pasan de largo junto al desgraciado que se desangra en la cuneta. El evangelio no nos cuenta el por qué de esta insolidaridad. Pero, al tratarse de funcionarios oficiales del culto sagrado, no cabe duda que eso determinó su comportamiento. Ellos, en efecto, conocían las prescripciones del Levítico, en las que se ordenaba que quien tocase un cadáver o un enfermo afeado con ciertas heridas tenía que purificarse en el templo -en condiciones higiénicas no muy buenas- para poder acercarse al altar (Lev 22,4-7). En la mentalidad de aquellos hombres resultaba perfectamente correcto dejar al desgraciado, con tal que la práctica sagrada quedara estrictamente a salvo. Y para colmo, Jesús presenta como modelo a un samaritano, un mestizo, enemigo de todo judío piadoso. En conclusión: la fascinación de lo sagrado engendra la alienación de los comportamientos más simplemente humanitarios.
[1] Cf. J.M. CASTILLO, Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos, Salamanca 1985, pp. 36-80.