JESÚS Y JUAN BAUTISTA

Quinientos años sin profetas

   Cuando Juan apareció, el pueblo ya casi pensaba que los profetas eran una raza extinguida. Quinientos años habían transcurrido desde que Zaca­rías[1] ha­bía amenazado con la ruina de Jerusalén al rey Joás por no cumplir con la ley de Dios.

   En las últimas décadas habían surgido ya otros predicadores mesiánicos. Inmediatamen­te después de la muerte de Hero­des el Grande se manifestó en Perea un tal Simón que arrastró tras de sí una multitud, quemó el palacio real y se procla­mó rey. En Galilea surgieron dos con el nombre de Judas; pero todos ellos mostraban enseguida que eran más caudillos políticos que profetas.

   Desde hacía mucho tiempo Dios guar­daba silencio. Los escribas y fariseos comentaban la escritura y trataban de ade­cuar su mensaje a los nuevos tiempos. Sin embargo, ese silencio es roto por Juan el bautista.

   Según todos los evangelios, la entrada en escena de Juan bautista y su acti­vidad preceden la historia de Jesús. Para la tradición cristiana primitiva hay en ello más que un simple recuerdo históri­co. Si habla de Juan y de su movimiento no es para aclarar el telón de fondo y los anteceden­tes de la acti­vidad de Jesús. Más bien, desde el comienzo de la tradición coloca a Juan a la luz de la historia de la salvación que Dios realiza y él mismo pertenece al evangelio de Jesucristo (Mc 1,1). Así se presenta desde el punto de vista de la comunidad creyente. Aparece súbitamente, sin ninguna prepara­ción; nin­guna historia de vocación precede su intervención, los narradores no se detienen en ningún detalle biográfico. Solamente Lucas llena este vacío con un relato de su infancia. El mismo evangelista nos da una preciosa indicación sobre el año de su entrada en escena: el decimoquinto del reinado del empera­dor Tiberio (Lc 3,1), o sea, entre octubre del año 27 y septiembre del año 28 (o quizás, 28-29).[2]

Juan y Qumram

   ¿Quién era este hombre? ¿De dónde le venían su fuerza y su mensaje? ¿Quiénes habían sido sus maestros? El evangelio es, una vez más, extremadamen­te parco en detalles. Nos dice únicamente que «vivió en el desierto hasta el día de su mani­festación a Israel» (Lc 1,80). Pero, ¿cuándo se fue al desierto: de niño, de ado­lescente, de joven? Y en el desierto ¿vivió siempre solo o en compañía?

   Los descubrimientos del Mar Muerto nos han aclarado que la zona del desier­to era por entonces un bullir de vida religiosa. Y hoy son muchos los cientí­ficos que estiman que Juan Bautista fue o pudo ser, al menos durante algún tiempo, miembro de la comunidad religiosa de Qumram. Sin embargo, en los docu­mentos de los esenios no queda el menor rastro de la presen­cia de Juan, ni hay en los textos evangé­licos una alusión directa a un enlace del Bautista con ellos.

Puntos de contacto y diferencias

   a. El lugar. Juan comienza su predicación a dos kilóme­tros escasos del mo­nasterio de los esenios y el castillo de Maqueronte, donde la tradición coloca su muerte, está situado justamente enfrente de Qum­ram.

   b. La comida. Aquí nos encontramos junto a sor­prenden­tes coinci­den­cias y radicales discrepancias. Su ascetismo se parece y no se parece al de los ese­nios. Coincide, en parte, en las comidas. Las leyes sobre el alimento del Docu­mento de Damasco señalan los tres tipos fundamenta­les de comida de los monjes: miel, pescado y langostas silvestres. Pero tam­bién sabe­mos que en Qumram se comía pan y se tomaba vino.

   Por lo demás, Juan parece comer lo que le sale al paso, mientras que los ese­nios trabajan durante el día en los cam­pos o en las industrias domésticas y comían del fruto de su trabajo. El pre­cursor es, así, más un eremita, un “vaga­bundo”, que un monje. Tampoco en los vestidos hay parecido alguno.

   c. El bautismo. Es esto lo que, según los evangelios, define y hasta da nombre a Juan, como si de un invento suyo se tratase. Pero, en rigor, alguna forma de bautismo existía ya, tanto en el pueblo de Israel (ritos de purifica­ción), como en la comuni­dad esenia (baños rituales).

   Pero el de Juan es muy diferente al que judíos y esenios practica­ban. El bautismo de Juan exige la confesión de los pecados y la penitencia como algo previo; es, además, una ceremonia irrepeti­ble, abierto a todos los judíos fren­te al separatismo y aislacionismo de los hombres de Qum­ram.

   d. La predicación. En Mateo (3,11), Juan afirma: «Él os bautizará con Espí­ritu Santo y fuego». Según la predicación de Juan, quien no se bautice con agua, será objeto del bautismo de fuego del juicio escatológico. Esta concep­ción del jui­cio escatológico de Dios (bautismo de fuego) estaba relacio­nada en el pro­fetis­mo antiguo con tres imágenes: la quema del tamo después de la cose­cha (Is 5,24; Mal 3,19), el incendio que destruye todos los árboles secos sin tocar a los que dan fruto (Is 10,18-19; Jr 21,14) y, en tercer lugar, el crisol (Is 1,24-25). Las dos primeras imágenes son utilizadas por Juan. En la Regla de la comu­nidad de Qum­ram (1 QS 4,13 y 21), el bautismo del Espíritu y el bautis­mo de fuego hacen referencia a grupos distin­tos: unos recibirán la aniquilación en el fue­go, los otros la purificación mediante el Espíritu.

   e. La relación con el pueblo. Mientras los esenios buscan sepa­rarse o segregarse del resto del pueblo, Juan busca congregar al pueblo dis­perso; mientras los esenios llevan una vida oculta, privada, Juan desarrolla una vida pública, de cara al pueblo; mientras los esenios son un movimiento de «élite», de «selectos», el movimiento de Juan es popular, de gente marginada por el oficialismo religioso judío.

   f. Actitud frente al templo. Los movimientos bautismales y la comunidad esenia se parecen en su actitud de separación o distanciamiento frente al templo de Jerusalén. Los ese­nios no comul­gan con la clase sacerdotal no sadoqui­ta que dirige el cul­to, pero envían ofrendas; los grupos bautistas no están de acuerdo con los sacrificios cruentos de animales como medio para conseguir el perdón de los pecados.

Un movimiento popular

   La llamada de Juan Bautista es a la conversión y a todo el pueblo. Sin em­bargo, la res­puesta a la llamada de Juan es un movimiento popular, no de diri­gentes. Según algunos textos, los dirigentes religiosos no hicieron caso de la predi­cación del Bautista. En Lucas (7,29-30) se lee: «Todo el pueblo que le escu­chó, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, haciéndose bau­tizar con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los legistas, al no acep­tar el bautismo de él, frustraron el plan de Dios sobre ellos». Y en Mateo (21,32) se afirma: «Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publi­canos y las rameras cre­yeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él». A la pre­gunta de Jesús: «El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hom­bres?» (Mc 11,30). Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos discurren entre sí: Si decimos: «Del cielo», dirá: «Entonces, ¿por qué no le creísteis?» (Mc 11,3­1).

Mensaje y praxis de Juan Bautista

   El mensaje y la vida de Juan Bautista están estrechamente unidos. El Nuevo Testamento conserva recuerdos de su actividad bautismal, su modo de vestir y comer, su austeridad y el lugar de su misión.

   La actividad de Juan se desarrolla «en el desierto»,[3] es de­cir, está en la línea de la tradición del Éxodo (Is 40,3-4). El desierto es el lugar del nuevo comienzo escatológico y de la conversión. Su vida es auste­ra: vive de lo que le proporciona el desierto (Mc 1,6: langostas y miel). Se viste con piel de came­llo y lleva un cinturón. Según J. Gnilka, el vestido de pelos de came­llo era la vestimenta habitual de los moradores del desierto y el cinto de cuero formaba parte del vestido habitual del campesino y del beduino.[4] Se­gún E. Schi­llebeeckx,[5] es el atuendo típico del profeta (2 Re 1,7-8; Zac 13,4). Se­gún algunos autores (Hoffmann, Schulz, V. Hasler, G. Gnilka), la interpreta­ción del Bautista como segundo Elías se habría efec­tuado en el seno de la comunidad cristiana; para otros (Bultmann, Dibe­lius, Schille­beeckx), es una tradición precristiana: en los círculos de los discípulos de Juan Bautista se esperaba el retorno de Elías. El lu­gar y el aspecto perso­nal del Bautista tienen ras­gos esca­to­lógi­cos: este hom­bre vive ex­clu­siva­men­te de una expec­ta­ción del futuro. La histo­ria se enca­mina precipi­tada­mente hacia su fin. Los cálcu­los acerca del fin aparecen como su­perfluos por­que el futuro esperado es obra exclusivamente de Dios.

   Al parecer Juan no anunció el Reino de Dios. Mateo 3,2 podría ser una re­dacción mateana para armonizar el mensaje de Juan con el de Jesús. El núcleo de su mensaje se refleja, sin duda, en el siguiente fragmento: «Decía, pues a la gente que acudía para ser bautizada por él: Raza de víboras, ¿quién os ha ense­ñado a huir de la ira inminente? Dad pues, frutos dignos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: Tenemos por padre a Abraham; porque os digo que Dios puede dar de estas piedras hijos de Abraham. Y ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,7-9.15-18 y Mt 3,7-12). Juan anuncia el inminente juicio de Dios. El pertenecer al pueblo de Dios no garantiza la salvación ni exime de ese juicio. Se trata de una abierta declaración de gue­rra contra toda confianza presuntuosa en los méritos de los antepasados, espe­cial­mente de Abrahán, quien según la fe judía debía preservar del infierno a sus hijos. Casi sarcástica­mente se ilus­tran estas palabras señalándose las piedras espar­cidas por el desier­to. Dios podría hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán (Mt 3,9).

   La expresión «raza de víboras» es ex­cepcionalmente dura, pues para los ju­díos eran los gentiles quie­nes se com­paraban con los animales (Mc 7,27; Mt 15,26: «perros»). El mensaje de Juan es amenazante y ofensivo. «Dar frutos» es la ex­pre­sión semí­tica para designar las buenas obras que pue­den evitar el cas­tigo divi­no (Gn 1,11-12). Hacer penitencia (y para ello bautizar­se) es lo único que puede alejar la desgracia.

   Juan no es portador de un mensaje gozoso de salvación; es un profeta de desgracias, que amenaza con el juicio inminente de Dios. El término «ya», es decir, «ahora se cumple», es rasgo propio del profetismo antiguo. «Derribar el árbol» es una expresión típica del libro de Isaías para designar el juicio divino (Is 10,33-34). El «hacha», la «criba» (Is 30,24; Jr 15,7) y el «fuego», son palabras que no per­tenecen a la apo­calíp­tica, sino al profetismo antiguo. Quien no se bautice con agua, tal es la predica­ción de Juan, será objeto del bautismo de fuego del juicio escatológico.

   Sumergirse en el agua por razones de metanoia era algo conocido en el ju­daísmo. Lo novedoso de Juan es que, él mismo bautiza o sus discípulos. Es más radical que la apocalíptica porque proclama que solo «su bautismo» concede la posibilidad (no seguridad) de escapar del fuego aniquilador del juicio divino. El bautismo administrado por él no podía recibirse sino una sola vez. Esto se debía al hecho de que había llegado la última hora. En la unicidad se expresa­ba su carácter obligatorio. Los que iban a ser bautizados hacían ante él con­fesión de sus pecados, con­fe­sión que debió ser de índole general, análoga a la confe­sión de los peca­dos que se hacía en la fiesta judía de la reconciliación o en la fiesta de la renovación del pacto que se celebraba en Qumram (Mc 1,5; 1 QS 1,22-2,1). El bautis­mo de por sí no garantiza el perdón de los pecados, sino que es -por así decirlo- el sello que atestigua que se ha manifestado una acti­tud de arrepentimiento.

Una nueva concepción religiosa

   En el mensaje del Bautista hay una «migración» de lugar: el per­dón ya no se ofrece en el templo (lu­gar sagrado) sino en el desierto (lugar profano), de «mediador»: no por sacerdotes sino por el profe­ta y de «media­ción»: no me­diante sacrificios o gestos de purificación ritual sino me­diante la conversión, la confesión de los pecados al profeta y la recepción del bautis­mo. Los des­tina­ta­rios de esta ofer­ta son los pecadores, a los que el Centro reli­gioso ha negado la posibilidad. El despla­zamiento geográfico supone un despla­zamien­to socio-religioso y Jesús lo lleva­rá hasta sus últimas consecuencias.

El bautismo de Jesús

   La vida pública de Jesús comienza con algo desconcertante: con un bautis­mo de penitencia. Los evangelios narran que Jesús se dejó bautizar por Juan, y la historicidad del acontecimiento pa­rece indiscutible.[6] Las comunidades cristia­nas no pudieron haber inventado una escena en la que Jesús aparece siendo bau­tizado por Juan con el resto del pueblo (Lc 3,21), sin distinguirse de los demás (Jn 1,26.31) y con un bau­tismo que era específicamente para el perdón de los pecados.[7]

   Además, no dejaría de causar indignación en las primeras comunidades cris­tianas que Jesús se dejase bautizar por Juan -signo de infe­rioridad con res­pecto a Juan- cuando des­pués de su resurrec­ción los discípulos de Juan seguían prac­ticando el bau­tismo (Hch 19,1-7) y seguía existiendo la competencia entre los discípulos de Jesús y los de Juan, de la cual se hacen eco los evan­ge­lios y los He­chos: se contra­pone el ayuno de los discípu­los de Juan al ayuno de los de Jesús (Mc 2,18), Jesús y sus discí­pulos tam­bién bau­tizan (Jn 3,22; 4,1-2) y más que los de Juan (Jn 4,1), los discípu­los que antes habían sido de Juan pasan des­pués a ser discí­pulos de Jesús (Jn 1,35-42).

   Y una última prueba de la historicidad del bautismo de Jesús por Juan es que la escena del bautis­mo se fue reescribiendo para que no quedase duda de la superioridad de Jesús sobre Juan, aunque aquél aceptó bautizarse por éste. En Marcos, quien parece utilizar una tradición pre-sinóptica, el bautismo es des­crito escuetamente (Mc 1,9). Mateo, por preocupación doctrinal, antepone un diálogo entre Jesús y Juan, en el cual éste, en un primer momento, rehúsa bau­tizarlo (3,14) y sólo accede ante las palabras del mismo Jesús de que «con­viene hacer toda justicia» (3,15). Lucas silencia el nombre del Bautista y presenta el hecho mismo del bautismo de pasada, en un genitivo absoluto, «bau­tizado Jesús» (Lc 3,21), para concentrarse en la revelación del Espíritu a Jesús pues­to éste en oración (Lc 1,21b-22). Juan elude la escena del bautismo (aunque alude a ella en 1,32-34) y se interesa por el testimonio que Juan da sobre Jesús, de quien dice que bautiza en el Espíritu Santo (Jn 1,19-28). En resumen, Juan Bautista se convierte en «precursor» de Jesús (Mt 3,11-12; Hch 13,24-25) y mediante el don del Espíritu en el momento del bautismo, Jesús ha quedado plenamente capaci­tado para su misión de Hijo de Dios con la actitud del siervo fiel. Este es el significado que la tradición primitiva dio del bautismo de Jesús, aunque con diversas acentuaciones. ¿Pero es éste el signi­ficado que también le dio Jesús? 

   Que Jesús fue bautizado por Juan es, pues, algo históricamente asegurado.[8] Pero no sólo eso. La relación de Jesús con Juan debió ser mucho más profunda. Jesús debió pertenecer al círculo de Juan y quizá hubiese tam­bién bautizado por su cuenta. Desde el punto de vista histórico-religioso, Jesús se inició y de­pendió del movimiento profético-escatológico del Bautista. La rela­ción de Jesús con el Bautista no fue una relación fugaz.[9] Indicios de esta profunda relación son la alabanza de Jesús a Juan como el mayor de los profe­tas y el más grande de los nacidos de mujer (Lc 7,26-28) y el que se retirase a un lugar solitario cuando le anunciaron el asesinato del Bautista (Mt 14,13). Y no olvide­mos algo muy importante: en Marcos y Mateo Jesús inicia su propia actividad «des­pués de que Juan fue preso» (Mc 1,14; Mt 4,12), lo cual se puede interpretar, al menos verosímilmente, como motiva­ción exis­tencial de Jesús para comenzar su propia obra por lo ocurrido a Juan y no sólo como coin­cidencia cronológica.

   Lo importante de este análisis es que Jesús tomará de Juan la ocasión y algunos contenidos para su propia proclamación de la venida del reino de Dios. Como el Bautista, Jesús aparecerá fundamental­mente como un profeta, anunciará la venida cercana de Dios, destrui­rá las falsas esperanzas en las prerrogati­vas de Is­rael, anunciará el juicio de Dios no sólo sobre los genti­les, sino también sobre Israel, rechaza­rá a los que confían en su propia jus­ticia, aco­gerá a pecadores notorios, abrirá su predicación a todos y no -como los ese­nios y fariseos- a un resto separatista. Y, como Juan, ofrecerá la posibilidad de salvación. Salvación que no se rela­ciona con las instituciones del Antiguo Testamento: el templo, el culto, los sacrificios, sino con algo ajeno a ellas, el bautismo en el caso de Juan, incondicional confianza en Dios en el caso de Jesús, y conversión real en ambos casos.

¿Jesús fue discípulo de Juan bautista?

   Aunque el bautismo de Juan no significaba de por sí que el neófito se con­virtiese en discípulo suyo, es históricamente probable que Juan tenía un círculo de discípulos que quizá le ayudaban a bautizar (Mc 2,18; Mt 11,1-2; Jn 1,35; 3,22).

   Se afirma que, durante algún tiempo, Jesús perteneció al círculo de los dis­cípulos del Bautista. Juan 1,35-51 nos confirma, al menos, que algunos de los que fueron más tarde discípulos de Jesús habían sido antes discípulos de Juan. Entre ellos hay que contar a Andrés, hermano de Simón Pedro, y probable­mente también a este último. Para defender que Jesús fue discípulo de Juan, se aduce concretamente aquel logion: «Después de mí viene uno que es más poderoso que yo» (Mc 1,7 par). «Venir después de alguien», es expresión de que se es discí­pulo de alguien. Jesús utiliza una expre­sión similar en relación con sus discí­pulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí» (Mc 8,34). Sin embargo, la idea de posteridad puede entenderse también en sentido temporal. Entonces no significa­ría, sino que el que es más poderoso aparecería más tarde temporal­mente que el Bautista.

   La afirmación de que Jesús fuera discípulo del Bautista podría confirmarse con dos observaciones que se hacen en el evangelio de Juan, en el sentido de que Jesús también habría bautizado. Los patrocinadores de que Jesús fue dis­cí­pulo del bautista parten de que fue el bautismo de Juan el que Jesús habría administrado como discípulo del Bautista. En Juan 3,22 leemos: «Después de esto vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estaba allí con ellos y bautizaba. Y Juan también bautizaba en Enón, cerca de Salim». Pero esta afirma­ción se corrige en 4,1-3: «Cuando el Señor supo que los fariseos habían oído que Jesús hacía y bautizaba más discípulos que Juan -aunque Jesús mismo no bautizaba, sino sus discípulos-, salió de Judea y partió otra vez para Gali­lea». La corrección que figura entre guiones debe de ser la observa­ción de un redactor más tardío.[10]

   Claro está que no se nos dice que Jesús hubiera bautizado como discípulo del Bautista, sino que él tenía sus propios discípulos (Jn 4,2). En caso de que Jesús mismo hubiera bautizado, ¿qué sentido da­ba Jesús a ese bautismo? Es algo que no vemos con claridad. No se le atribuye significación espe­cial.

El bautismo de Jesús y el perdón de los pecados

   Manés, el hereje de quien brotaría el maniqueísmo, planteó en problema con toda su crudeza en el siglo III: «¿Luego Cristo pecó, puesto que fue bautiza­do?». Y los ebionitas y adopcionistas del siglo II encontrarían una peregrina solu­ción al problema: Jesús fue un hombre pecador como los demás, pero se puri­ficó y divinizó al ser «adoptado» por Dios en el bautismo.

   Que esta torcida interpretación del bautismo preocupaba ya a los primeros cristianos, lo prueba el modo como lo presenta el evangelio apócrifo llamado de los Hebreos: La madre del Señor y sus hermanos le decían: «Juan bautiza para la remisión de los pecados. Vamos, pues, a recibir nosotros su bautismo». Pero él mismo respondía: «¿Qué pecado cometí, pues, yo, para que vaya a que él me bau­ti­ce?».

   Y el mismo modo en que Mateo pinta a Juan resistiéndose a bautizar a Jesús: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes a mí?» (Mt 3,14), tiene una evidente intención apologética para evitar las malas interpretaciones de este bautismo.

   Que Jesús no tenía pecado alguno que hacerse perdonar es algo que testimo­nian explícitamente algunos textos bíblicos (Heb 4,15; Rom 8,3; 3,24-26; 2 Cor 5,21; 10,18) y una realidad que el cuarto evangelio coloca en labios del mismo Jesús: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?» (Jn 8,46).  

   La tra­dición católica, preocupada por evitar toda apariencia de pecado en Jesús, ha dado a esta escena muchas explicaciones moralizantes, ejemplificado­ras. San Ignacio de Antioquía (a quien seguirá Santo Tomás) da como principal razón la de purificar el agua del bautismo para que este rito tenga en adelan­te, vigor sacramental. San Cirilo de Jerusalén dirá que para conferir a las aguas el olor de su divinidad. Según Papini, fue a certificar que el Bautista era ver­daderamente el precursor o, según Fillion, para revelarse a Juan y, mediante él, al mundo. O también que lo hizo por razón de ejemplo: cuadraba al Redentor tomar apariencia y actitud de pecador.[11]

El encuentro de dos gigantes

   ¿Juan y Jesús se conocían? Los pintores nos han acostumbrado a la idea de que Jesús y Juan pasaron juntos sus infancias y aun sus adolescencias. La pin­tura occidental está llena de tiernas escenas de los dos niños jugando bajo la complaciente mirada de sus madres. Pero la idea carece de toda base seria. No se basa en dato evangélico alguno y parece olvidar que entre las aldeas de los dos muchachos había una considerable distancia y que viajes así no eran fre­cuentes entonces. El texto de Juan (1,33) afirma: «Yo no le cono­cía».

   No se puede excluir la posibilidad de que Jesús y Juan se hubieran encon­trado de adolescentes alguna vez, con motivo de algún viaje de sus familias a Jerusalén. Pero tampoco hay que olvidar la posibilidad de que Juan se hubiera ido muy joven al desierto.

   El bautismo de Jesús no fue un mero episodio en su vida. Es la primera clave hermenéutica para entender a Jesús. No es su primera experiencia reli­giosa. Entre los grupos religiosos existentes en Israel (fariseos, saduceos, esenios, zelotas), Jesús prefiere a los bautistas. Estos grupos aparecen como una propuesta alternativa frente a una religiosidad centrada en el templo, en el culto, en la ley, en las prácticas rituales. Es una propuesta alternativa frente a una religiosidad que propugnaba por la separación entre justos e injustos o frente a grupos violen­tos que piensan en la lucha armada como única alternativa para cambiar la situación del país.

   Jesús está de acuerdo con el núcleo central de los movimientos bautistas: la con­ver­sión. Es necesa­ria la conversión del corazón (Mc 7,20-22) para que las cosas mejoren en el país. Para ello no es nece­sario sacrifi­cios cruentos en el templo porque Dios quiere misericordia (Os 6,6). Ante la pregunta de la gente: ¿qué debemos hacer?» (Lc 3,10), el profeta exige: «dad frutos dignos de conver­sión»­ (Mt 3,8). ¿De qué frutos se trata? Lucas 3,11-14 hace referencia a lo que hoy llamaría­mos «moral social» o «predi­cación de los deberes de estado». No exige fidelidad a la ley; no pide prácticas cultuales de purificación; no incita a la violencia contra el invasor romano; no exige sacrificios para implorar el perdón de los pecados. La conversión a Dios y a su voluntad implica un cambio de actitud en relación con los demás.  

   En este sentido, el bautismo de Jesús sería su primera acción profética. Los profe­tas solían acompa­ñar su predicación con alguna acción simbó­lica. Jeremías, por ejemplo, permaneció célibe y renunció a fundar una familia para mostrar la esterilidad de Israel; Oseas se casa con una prostituta para indicar la infidelidad del pueblo (Os 1,1-9), etc. A través de esta acción profética Jesús le indicaría al pueblo de Israel la necesidad de convertirse y volver a Dios como exige el Bautista.

Juan y Jesús

   Aunque Jesús estaba de acuerdo con el núcleo fundamental de la predicación de Juan, posteriormente habrá una «ruptura». Así mismo, el pueblo advirtió diferencias entre la manera de ser de Jesús y de Juan Bautista. Nos lo recuerda una perícopa neotes­tamentaria: mien­tras Juan había producido en sus contemporáneos la impresión de un severo asce­ta, Jesús daba la impre­sión de ser «un comilón y un bebedor», que departía con gente de «mala reputa­ción» (Mc 2,16). Algunos contrapo­nían a Juan y a Jesús para no tener que escuchar a ninguno de los dos. Mt 11,16-19 y Lc 7,31-35 ex­presan gráficamente esa clara diferencia en la parábo­la de los niños que están sentados en la plaza y gritan: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; os hemos entona­do canciones tristes, y no habéis llorado. Porque vino Juan Bautista, que ni comía ni bebía, y decís: «está ende­moniado». Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: «Ahí tenéis a un comilón y un bo­rracho, amigo de publicanos y pecadores». Según E. Schille­beeckx, esta parábo­la en lo esencial probablemente se remonta a Jesús.[12]

P. Pedro Pablo Zamora Andrade

Misionero Redentorista


[1] Zacarías, hijo de Baraquías (cf. Mt 23,35; Lc 11,51), fue asesinado entre el altar y el santua­rio. Probablemente se trata del Zacarías, hijo de Yehoyadá, de 2 Cro 24,20-22. Su asesinato es el último que se refiere en el Antiguo Testamento. «Hijo de Baraquías» proce­de quizá de la confu­sión con algún otro Zacarías (cf. Is 8,2; Za 1,1).

[2] Cf. G. BORNKAMM, Jesús de Nazaret, Salamanca 1990, 46.

[3] Cf. Mc 1,4; Mt 11,7; Lc 7,24.

[4] Jesús de Nazaret. Mensaje e historia, Barcelona 1993, 104.

[5] Jesús. La historia de un viviente, Madrid 1981, 115.

[6] Según algunos autores el bautismo de Jesús por Juan sería un relato ficticio, creado para su­perar las rivalidades existentes entre la comunidad cristiana y los seguidores de Juan Bautista (Hch 19,1-7). E. Haench, por su parte, puso en duda el bautismo de Jesús al confrontar la imagen de Dios tan radicalmente distinta que subyace en la predica­ción de Jesús y de Juan. Cf. Der Weg Jesu, Berlín 1966, 58-63.

[7] La apologética cristiana pudo haberlo silenciado por la molestia que ocasionaba. Sin embargo prefieren reinterpretarlo en sentido cristiano: Juan anuncia al que viene, que es más fuerte que él (Mc 1,7; Mt 3,11; Lc 3,16; Hch 13,25).

[8] «El hecho del bautismo de Jesús en el Jordán es indudable y constituye una primera clave hermenéutica para entender a Jesús (…). Lo primero que podemos decir históricamente es que Jesús se sintió afectado por la rectitud de la predicación de Juan y quiso ser bautizado por él. E. SCHILLE­BEECKX, Jesús. La historia de un viviente, 125.

   «Jesús se puso en la fila de la multitud de personas que aguardaban e hizo que Juan le bautizase (…). El hecho de que Jesús recibiera de Juan el bau­tis­mo no se puede impugnar seriamente». J. GNILKA, Jesús de Nazaret. Mensaje e historia, 105.

   «Su bautismo de manos de Juan es uno de los datos de su vida atestiguados con mayor seguridad. Sin duda que la tradición ha transformado este aconteci­miento en testimonio de Juan sobre Jesús (…), pero no se puede negar el al­cance de este acontecimiento». G. BORNKAMM, Jesús de Nazaret, 57.

   «Los evangelios narran que Jesús se dejó bautizar por Juan y la historici­dad del acontecimiento parece indiscutible». J. SOBRINO, Jesu­cristo Libera­dor, Madrid 1991, 103.

[9] Algunos autores piensan lo contrario: «Jesús parte de Nazaret con su programa ya definido y acude a Juan para recibir el bautismo; luego vuelve a Galilea y sigue su propio camino». R. FABRIS, Jesús de Nazaret. Historia e interpretación, Salamanca 1992, 98.

[10] En 4,2 sorprenden el singular kaitoige y la falta del artículo delante del nombre de Jesús. Cf. R. SCHNACKENBURG, El evangelio de san Juan, I, 634, nota 4.

[11] Esta misma interpretación ha sido asumida por algunos teólogos actuales. Rinaldo Fabris, por ejemplo, afirma que este gesto de Jesús sería expresión de su aceptación a compartir el destino de los pecadores. Jesús de Nazaret. Historia e interpretación, Salamanca 1992, 100.

[12] Jesús. La historia de un viviente, Madrid 1981, 127.