INTRODUCCIÓN

   Afirma Alberto Parra: «En el cristianismo una teología es posible sola­mente a partir de una cristología. Ello deriva del hecho de que el Dios de los cristianos es el Dios revelado en y por Jesucristo. Consiguientemente, como sea la cristología, así es la teología resultante. Por ello, todo movimiento teoló­gico en uno u otro sentido descansa en o presupone un enfoque propio de la cristología». 1

   Jesu-Cristo no es un nombre compuesto, sino una profesión de fe que dice: Jesús es el Cristo. La profesión «Jesús es el Cristo» representa el resumen de la fe cristiana, no siendo la cristología otra cosa que la concienzuda exposi­ción de esta profesión. 2

   «Cristo» es un adjetivo, el «ungido», con lo cual se expresa la relevancia de la persona ungida, mientras que «Jesús» es un sustantivo que designa la concreta irrepetibilidad de una persona. Pues bien, los seres humanos, también los creyentes podemos introducir en el adjetivo lo que no está en el sustanti­vo y, peor aún, podemos incluso introducir en el adjetivo algo contrario al sus­tantivo. En palabras sencillas, podemos confesar a un Cristo que no se parece a Jesús, incluso que es contrario a Jesús. Lo que hay que añadir es que esa posi­bilidad de manipular el sustantivo a través del adjetivo es tan real y que ello no es casual, sino que está enraizado en la hybris y en la pecamino­sidad del ser humano. No sólo podemos manipular a Jesús en nombre de Cristo, sino que lo hacemos. Para evitar que la hybris y la pecaminosidad lleguen a ser reales en la fe y en la cristología, el proceder metodológico más operativo es ver a Cris­to, en un primer momento, desde Jesús y no a la inversa. Queda pendiente, sin embargo, definir qué clase de Cristo es Jesús.

Importancia de Jesucristo para el cristiano

   Para un cristiano, Jesucristo es la verdad última de la vida, el criterio supremo de actuación y la única esperanza de salvación y liberación definiti­va.

   La fe cristiana no consiste en un conjunto de verdades teóricas sino en aceptarle a Jesucristo, creerle a Jesucristo y descubrir en él la última ver­dad desde la cual podemos iluminar nuestra vida, interpretar la historia huma­na y dar sentido último a esa búsqueda de liberación que mueve a toda la huma­nidad. El cristiano es, por tanto, un hombre que en medio de las diferentes ideologías e interpretaciones de la vida, busca en Jesucristo el sentido últi­mo de la existencia.

   La fe cristiana no consiste tampoco en observar unas leyes y prescripciones morales procedentes de la tradición judía (los diez mandamientos), sino en aceptar a Jesucristo como modelo de vida en el que podemos descubrir cuál es la tarea verdadera que debe realizar el ser humano. El cristiano es, por tanto, un hombre que, frente a las diversas actitudes y estilos de vivir y comportarse, acude a Jesucristo como criterio último de actuación ante el Padre y ante los hombres.

   La fe cristiana no es tampoco poner nuestra esperanza en un conjunto de promesas de Dios más o menos generales, sino apoyar todo nuestro futuro en Jesucristo nuestro Salvador, muerto por los hombres, pero resucitado por Dios, el único del que podemos esperar una solución definitiva para el problema del ser humano. El cristiano es, por tanto, un hombre que en medio de los fracasos y dificultades de la vida y frente a diferentes promesas de salvación, espera en Jesucristo resucitado la salvación definitiva del ser humano. 3

Imágenes negativas de Jesucristo en América Latina

   Presentamos a continuación algunas imágenes de Jesucristo presentes en la fe de nuestro pueblo latinoamericano. Algunas están muy presentes en la predicación de grupos fundamentalistas y otras son más recurrentes al interior de la Iglesia católica. Estas imágenes son fruto de una evangelización que acentúa o absolutiza algunos aspectos de la persona de Jesús y olvida otros. Las más importantes son:

El Jesucristo de las ofertas

   Aparece en expresiones como: «Quién quiere recibir a Jesucristo como salva­dor personal? ¿Quién quiere ser sanado de sus enfermedades esta noche? Que levante la mano». La gente acepta la oferta del Jesucristo sanador, del Jesu­cristo curandero. Jesucristo sana, pero esta particularidad no es para nego­ciar.

El Jesucristo mendigo

   Expresiones como: «No haga sufrir más a Jesucristo. El está esperándole con los brazos abiertos. No le hagan esperar. Entréguenle sus corazones», son fiel reflejo de esta imagen de Jesús. Este Jesucristo es convencional porque la gente lo acepta si le conviene, si es que le trae alguna ventaja. Se ofrece a Jesucristo en términos de técnica de ven­ta.

El Jesucristo «pastilla mágica»

   Es el Jesucristo que resuelve todos los proble­mas. Esta predicación deja una cristología mutilada porque es verdad que Jesucris­to nos da, pero también exige discipulado, servicio, sacrificio, obediencia. Los conversos por estas predica­ciones sólo esperan recibir y recibir. Recibir todo, menos responsabi­lidades. Por el contrario, son muy quejumbrosos y deli­cados y ante la menor dificultad se vuelven atrás.

   Este Jesucristo aparece también en slogans como: «Jesucristo es la solución a su problema. Acepta a Jesucristo y pondrás fin a tus problemas». Pero Jesu­cristo nunca nos ofreció una vida libre de problemas sino en medio de los pro­blemas. Jesucristo viene al ser humano para transformarlo, pero hay proble­mas económicos, sociales, políticos que debe resolverlos el mismo hombre. El Señor puede iluminar estas decisiones, pero no solucionarlas de manera automá­tica.

El Jesucristo «pasaporte»

   Cuando sólo se proclama «Acepta a Jesucristo como salvador personal y ten­drás entrada en los cielos» y se presenta el cielo como un escape de la tierra y una evasión de la vida, tal predicación «cielo-céntri­ca» contradice implíci­tamente al Verbo que dejando el cielo se hizo carne para vivir en la tierra. A Jesucristo se le presenta como un personaje celeste que vendrá a secuestrar a su Iglesia; es un Jesucristo ajeno a toda realidad humana. Es un Cristo total­mente opuesto al Jesús de los evangelios.

El Jesucristo a-social

Se exige al converso que debe separarse del mundo y esto implica ruptura de los vínculos familiares, sociales, culturales, políti­cos. El discípulo debe encerrarse en su individualismo. Se siente imposibilitado de tener relaciones sociales con aquellos que no pertenecen a su Iglesia, porque «cualquiera que se hace amigo del mundo, se hace enemigo de Dios» (St 4,4). Este Jesucristo divisionista, lejos de dar sentido a las relaciones humanas del converso, lo separan y lo alienan.

El Jesucristo cósmico o abstracto

   Es el Cristo de la fe, de la gloria, pero sin ninguna relación con el Jesús de la historia. El Cristo cósmico, el Cristo glorificado, lo es gracias a su encarnación, a su historicidad, a su naturaleza humana. Pero un Cristo celeste que sólo tiene que ver con los aspectos espirituales (éxtasis, exorcismos, dones) es un Cristo mutilado.

El Jesucristo del calvario

   Las predicaciones están sumamente saturadas del Jesús de la pasión, del calvario y de la muerte. El Jesús fracasado que más bien causa lástima y com­pasión. El sacrificio del Calvario es redentor, pero después de ella vino la resurrección que viene a dar a la pasión su sentido liberador. Con esta imagen del Jesús de los sufrimientos pareciera que el cristiano tiene la suerte de pasar por más sufrimientos que los demás. Muchos lo han interpretado así hasta llegar a pensar que es Dios mismo quien manda esos sufrimientos. Se emplea la kénosis de Jesús para insinuar la pasividad, la resignación ante los atrope­llos y las injusticias. Aquí falta una visión más amplia de la resurrección de Jesu­cristo. Antes de morir vivió como una persona humana cualquiera y después de su muerte, resucitó.

El Jesucristo guerrillero

   Se lo compara con un «che» Guevara o un Camilo Torres. Algunos arguyen que Jesucristo fue revolucionario y que estuvo con los zelotas. Lo cierto es que si Jesucristo fue subversivo del orden establecido tam­bién rechazó la violen­cia como alternativa de esta opción. El rostro de Jesucristo en las escrituras no es, ciertamente, la de un guerrillero.

El Jesucristo burgués o reconciliador

   Los colonialismos han traído a América Latina un Jesucristo siempre dis­pues­to a bendecir el statu quo. Un Jesucristo dulzón que siem­pre va la segunda milla, da la otra mejilla y tranquiliza los ánimos, pero jamás denunció la in­justicia ni dirigió una manifestación pública ni tomo un látigo para tras­tornar todo el templo. A la vez es un Jesucristo cuyas ofertas apelan a una sociedad de consumo y quien de hecho exige bien poco (no fumar, no beber, hacer proselitismo religioso, etc.).

El Jesucristo «absolutamente absoluto»

   Jesús no fue para sí mismo, sino que tuvo polos referenciales: el Reino de Dios, Dios Padre, el Espíritu. Jesús no se predica a sí mismo, sino que predica el Reino de Dios; siempre aparece en los evangelios relacionado con Dios su Padre y actúa movido por el Espíritu Santo. Cuando desligamos a Jesús de cual­quier punto referencial y lo presentamos como un personaje autónomo, lo abso­lutizamos. Sin embargo, «absolutamente absoluto» sólo es el misterio trinitario de Dios.

Padre Pedro Pablo Zamora Andrade

Misionero Redentorista

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1. Un «Jesús histórico» para una «liberación»: Theologica Xaveriana 4 (197­6) p. 433.

2.  W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1992, p. 14.

3.  J.A. PAGOLA, Jesucristo, Colección Biblia 18, Cuenca 1993, pp. 3-4.