El Espíritu Santo en el hogar

La Sagrada Biblia nos enseña que estamos muy limitados por el pecado, que queremos hacer el bien y no podemos, que queremos evitar el mal, y el mal nos resulta. Que hay una ley de pecado que nos domina. Entonces tiene que venir el Espíritu Santo para ayudarnos a superar nuestra condición de pecado y vivir en la gracia de Dios.

Vivir en gracia de Dios no es otra cosa que vivir movidos por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo toca el fondo más profundo de nuestro ser inconsciente, allá donde ni siquiera nosotros mismos podemos llegar, y lo transforma para que sea a imagen de Cristo.

San Pablo en la carta a los Gálatas describe la obra del Espíritu Santo en nosotros en contraposición a la obra del pecado en nuestro ser carnal movido por los impulsos naturales.

San Pablo dice que los frutos del pecado y de la carne son: el desenfreno sexual, las peleas, las rivalidades, las enemistades, los odios, las rencillas, la hechicería, la idolatría, el desenfreno, la falta de dominio de nosotros mismos.

En cambio, los frutos del Espíritu Santo son: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia. La generosidad, la amabilidad, el dominio de nosotros mismos, la fidelidad. (Cfr. Gal 5,19-26).

Padres de familia, es conveniente que tengan al Espíritu Santo como el compañero de camino, que lo invoquen todos los días y vivan en su presencia.

Ojalá todos los días procuren agradar al Espíritu, viviendo en caridad y haciéndole el obsequio de una vida limpia. Él es el amor de Dios derramado en sus corazones.

Den a conocer el amor de este divino Espíritu a los demás. Hablen de Él y de su gracia a sus hijos, amigos y parientes y cuando se encuentren en tribulación y dificultad, indíquenles el amor al Espíritu Santo como fuente de fortaleza y alegría.

Después motívenlos para que reciban al Señor en la Eucaristía y para que aprendan a reconocer sus pequeñas fallas en el sacramento de la Confesión. Deben ayudarlos para que acojan un día la gracia de Dios en su juventud, de un modo libre y responsable mediante el sacramento de la Confirmación. Hay que formar a los hijos en una vida de rectitud y de amor a la verdad. Hay que enseñarles a obrar con conciencia recta, educarlos en el ejercicio y práctica de la oración diaria, por la cual se obtienen los dones del Espíritu Santo.

¡Espíritu Santo ven a mi hogar y llénalo de tu luz!